Skip to main content

Full text of "Los cuernos del diablo : pasatiempo bufo-lírico-bailable, en un acto, seis cuadros y un apoteosis"

See other formats


ICISCO    vfu 


Caricatura  de  TOVAR 

DICENTA  y  PASO  (hijos)  us  cuernos  del  Diablo 

Es   de   vidrio   la   mujer     Tomás     LUCEÑO 

Y 

5  O   céntimos 


•HTCTM    73  9  DE  JULIO  DE  1927  AÍÍO  II 

COMEDIAR 


REVISTA  SEMANAL 


Rodríguez  San  Pedro,  26         ©         MADRID         9         Apartado  8.036 


EDITORIAL  SIGLO  XX 

HA     PUESTO     A     L,  A     VEWTA 

La  obra  de  más  éxito  de  Muñoz 
Seca  y  Pérez  Fernández 

Los  extremeños  se  tocan 


la  comedía  en  tres  actos 
original  de  Honorio  Maura 

Julieta  compra  un  hijo 

Precio:  5  ptas.  ejemplar. 
Los  pedidos  a  EDITORIAL  SIGLO  XX 

Rodríguez  S.  Pedro,  26— Apartado  8.036.— MADRID 


Talleres    Poligráficos,    S.    A.,    Ferraz,    72. — Madrid. 


JOAQUÍN  DICENTA  y  ANTONIO  PASO  (hijos) 


Los  cuernos  del  Diablo 


PASATIEMPO      BUFO-LIRICO-BAILABLE,      EN    UN    ACTO,      SEIS      CUADROS    Y 
UN   APOTEOSIS 


MÚSICA     DEL     MAESTRO 

ROSILLO 

Estrenado  en  el  Teatro  Martín  el  ig  de  Abril  de   1927. 

REPARTO 

MARÍA,  SALAMANDRA,  LA  SECRETARIA  INFERNAL,  LA 
GULA,  LA  AVARICIA,  LA  IRA,  LA  ENVIDIA,  LA  PEREZA, 
LA  LUJURIA,  LA  SOBERBIA,  MARGOT,  CAMARERA, 
MARÍA,  SILVIA,  KETTY-KYTTE,  AMADEO,  MANOLO,  EL 
PRINCIPE  LUCIFER,  PEDRO  BOTERO,  EL  DOCTOR 
DEL  DIABLO,   DIABLILLO,   EL  MAITRE,   POLLO  TABLA 

Policías,     Mecanógrafas,     Fumadoras     de    opio.     Tanguistas,     Al- 
pinistas, etc.,  etc. 

X 

611081 


A  CTO    UN  I  C  O 

CUADRO  PRIMERO 

Telón  corto  representando  una  calle  de  Nueva  York. 

Entran,  vestidos  de  obreros,  con  dos  picos  al  hombro  y  unas  lin- 
ternas apagadas,  Amadeo  Laliebre  y  Manolo  Sevillano. 

MAN.  Que  no,  hombre,  que  no. 

AMA.  ¡Y  dale  tiza!  Te  digo  que  esta  es  1a  Quinta  Avenida. 

íMAN.  iLa  quinta  venida  que  hacemos  aquí  porque  ya  son 
cinco  las  veces  que  hemos  pasado  por  este  sitio.  Y  tú  tienes  la 
culpa  de  lo  que  nos  ocurre.. 

AMA.  ¡  Y  dale  tiza  ! 

MAN.  Tú  me  trajiste  a  mí  a  Nueva  York  diciéndome  que  los 
perros  se  ataban  con  longaniza,  y  perros  (Refiriéndose  al  dine- 
ro.) he  visto  muy  pocos,  y  longaniza,  menos. 

AMA.  Miá  que  decir  que  no  has  visto  la  longaniza,  después 
de  lo  que  hemos  andao...  Exageras,   Manolo. 

MAN.  Sí,  señor  ;  Manolo  Sevillano,  natural  de  Madrí,  ma- 
yor de  edad,  casao  con  la  Ruperta  hace  siete  años... 

AMA.  Y  tan  harto  ya,  que  estás  que  echas  las  muelas. 

MiAN.  A  ver  quién  no  echa  las  'muelas  a  los  siete  años...  a 
los  siete  años  de  casao...  Pero  a  lo  que  iba.  En  Madrí,  al  me- 
nos, tme  dedicaba  al  elevao  oficio  de  arreglar  chimeneas  por  los 
tejados,  y  venir  a  Nueva  York  a  trabajar  de  poce,  o,  no  me  ne- 
garás que  es  descender  un  poco.  Y  ya  lo  sabes,  Laliebre,  yo  no 
paso  por  esto. 

AMA.  Si  ya  lo  sé  que  no  pasas,  Sevillano,  pero,  ¿qué  quie- 
res que  yo  ¡le  haga?  Amadeo  Laliebre  v  Fresnedilla,  también  de 
Madní,   también  casao,   y  de  treinta  años... 

MAN.  Y  pico...  (Señalando  al  que  Amadeo  lleva  al  hombro.) 

AMA.  También  ha  pasao  engañao  el  Atlántico. 

MAN.  Es  que  venir  de  Madrid  dos  gatos  que  trabajaban  en 
¡los  tejaos,  pa  espantar  ratas  en  las  alcantarillas  de  Nueva  York 
y  pa  arreglar  las  bocas  de  riego  de  las  calles,  es  denigrante.  Si 
lo  llago  a  pensar,  me  tiro  desde  una  chimenea, 


AMiA.   Es  que  tú   tenías  muchos  humos. 

■MAN.  Bueno.  'Lo  importante  es  Oliscar  añora  la  (boca  de  rie- 
¿o  y  el  pozo  de  la  alcantarilla  que  nos  han  en;angao  que  arre- 
cíennos. 

AMA.  Nos  han  dicho  que  la  calle  estaba  por  aquí,  pero  no 
sé  si  es  ésta. 

MAN.  Si  pasase  alguien  que  ohamuliase  el  castellano... 

AMA.  Calla.  Per  allí  viene  una  jovencita,  que  a  lo  mejor  lo 
sabe. 

MAN.   \  Y  vaya   gachí !    (Entra   Mwía,    lujosamente   vestida.) 

AMA.   ¡  Mi  madre,  qué  mujer ! 

MAN.  Tiene  usté  una  cara  de  vaya  usté  con  Dios... 

AMA.  Y  un  cuerpo  de  que  usté  se  alivie... 

MAN.   Oiga  usté,  ¡mis,   mis...  {María  se  detiene.) 

AMA.  A  ver  si  ésta  nos  saca  del  aprieto. 

MAN.  Oiga  usté,  'prenda. 

AMA.  No  la  llames  prenda,  que  no  te  va  a  entender. 

MAN.  ¿Por  qué? 

AMA.    Porque  es  una   americana. 

iMAN.  Pues  por  eso  la  llamo  prenda.  (Ella  sonríe.)  ¡Ay,  mi 
abuela,  que  me  9onríe ! 

AMA.  Anda  con  cuidao,  que  estas  americanas  son  muy  largas. 

MAN.  Qué  va  a  ser  larga,  si  paece  que  me  la  han  cortao  a 
la  medida.  Ahora  verás.  Vida,  andas  que  eres  un  columpio,  y 
juegas  los  ojos  a  la  repetida. 

AMA.  {Apartándole.)  Y  pierde  el  que  talla... 

MAN.  (ídem.)  El  que  t'haya  mirao.  Fájate  qué  ojos. 

AMA.  ¿Se  despierta  usté  en  'tres  veces,  alma  mía?  ¡Ay,  Ma- 
nolo, que  me  sonríe  otra  vez ! 

MlAN.   ¡  Duro  con  ella  ! 

AMA.  Con  esas  pestañas  me  hacía  yo  una  hamaca.  ¡  Que  me 
sonríe,  Manolo ! 

MAN.  ¡  Duro,  Amadeo,  duro  ! 

AMA.  Aquí  hay  elegancia  y  armonía.  Fíjate  en  la  línea,  que 
es  orna  línea  de  mucho  tránsito.    (Tocándola.) 

MAR.  (Con  nvarcado  aópnto  madrileño.)  Haga  el  favor  el  tran- 
seúnte. 

AMA.  (Sorprendido.)   ¿Cómo? 

MAR.  *(  Pero  acabaca  ya,  so  pesao  ! 

AMA.  ¡  Ay,  Manolo,  que  es  más  española  que  medio  chico 
de  Valdepeñas ! 

MAR.  Naturaca.  Yo  soy  más  madrileña  que  Vicente  Pastor 
y  que  Antonio  Casero. 

MAN.  Que  dicen  por  ahí  que  es  de  Salamanca. 

AMA.  Malas  lenguas,  Manolo,  m^as  lenguas. 

MAN.  Urna  gata,  y  yo  la  llamaba ^mis... 


AMA.   ¿Pues  cómo  quieres  llamar   a   una  gata? 

iMAR.  Estaba  allá  de  tanguista  y  une  salió  un  contrato  pa 
trabajar  en  enero  en  Nueva  York,  y  esta  noche  debuto. 

MAN.  Gata,  y  debuta  en  enero... 

AMA-  i  La  locura  1 

MAR.  Seguramente  que  ustedes  conocerán  a  mi  padre. 

MAN.    Puede. 

MAR.  Es  el  señor  Isidro  Gracia,  el  carpintero  de  la  calle 
de  Malasaña. 

AMA.  '¡  Y  dale  tiza !  ¡  Pues  no  voy  a  conocerle !  Tú  eres  Ma- 
ría.  Menudo  escándalo  armó  el  día   que  te  escapaste. 

iMAR.  ¡Es  que  no  podía  aguantarle.  Me  daba  unas  palizas  te- 
rribles. La  última,  fué  de  tal  cailibre,  que  usté  ya  sabe  que  la 
carpintería  está  al  la  o  del  teatro  de  Maravillas  ;  bueno,  pues  mi 
padre  empezó  a  darme  tortazos,  y  cómo  sonarían,  que  la  Ra- 
quel, que  estaba  cantando,  se  creyó  obligada  a  «repetir  el  nú- 
mero. 

MAN.  Era  muy  burro. 

AMA.  Y  ahora,  ¿qué  hace? 

MAR.  Pues  allí  sigue,  'meneando  la  cofia. 

MAN.  ¿Y  aquí  cóimo  vives? 

MAR.  A  boca  de  rey.  ¿Y  vosotros? 

AMA.  A  Ibooa  de  riego,  ya  lo  ves. 

iMAR.  He  (tentó  mucha  suerte.  He  sío  amante  de  dos  prín- 
cipes rusos,  de  un  checoeslovaco,  del  rey  del  petróleo... 

AMA.  Bueno,  María  ;  a  ver  cuando  das  una  popular. 

MAR.  Al  único  que  no  he  podio  enganchar  ha  sío  a  un  par 
inglés, 

MAN.   Pues  si  deseas  un  par,  aquí  nos  tiés  a  nosotros. 

MAR.  ¿Y  qué  buscáis  por  este  sitio? 

AMA.  (Enseñándole  un  papel.)  Esta  calle  pa  arreglar  el  pozo 
de  una  alcantarilla. 

MAR.  Pues  si  estáis  en  ella.  (Leyendo.)  Pozo  4.427.  Pero  si 
es  este  mismo.  Y  os  dejo,  que  por  allí  lejos  veo  venir  a  mis  com- 
pañeras. 

MAN.  ¿A  qué  compañeras? 

iMA^R.  A  las  tanguistas  del  «Paraíso  Artificial».  Un  cabaret 
de  fumadores  de  opio,  donde  yo  trabajo.  Cuando  queráis  verme, 
preguntar  en  él  por  mí.  Con  que  os  acerquéis  al  portero  y  le 
digáis  María  Gracia... 

AMA.  .Nos  da  un  guantazo. 

MAR.  ¿Por  qué? 

MAN.    Por  graciosos. 

MAR.  Conque,  abur... 

AMA.    ¡Negra!    (Va  a  tocarla.) 


MAR.  ¡Quieto!  Que  cuando  me  tocan  sin  yo  querer,  sé  dar 
,na  gabela  a  tiempo.  Por  algo  dice  da  copla  : 

Para  jardines,  Valencia  ; 
para  sol,  Andalucía  ; 
ipara  cerdos,  Badajoz, 
y  pa  galletas,  María. 

MAN.  ¡  Ole  !  (María  se  dirige  a  la  izquierda.) 

AMA.  Mando,  al  oficio.  (Se  aqeraa  a.  la  caláfMÚarüla.)  Abre 
la  iboca  de  esa  alcantarilla.  (Maniólo  lo  haáe.)  ¿T'has.fijao  en 
la  hija  del  señor  Isidro? 

MAN.  (Con  ia  tapa  del  pozo  en  la,  mano.)  Como  que  estoy 
con  la  boca  abierta. 

AMA.  Manolo,  baja. 

MAN.  Allá  voy.  (Desapañe1-^  por  esciotillón.  Dentro.) 
¡  Amadeo  ! 

AMA.  ¿Qué? 

MAN.  íBaja! 

AMA.  ¿Qué  pasa? 

MAN.  ¡Baja,  que  he  oído  unos  suspiros!  ¡Que  detrás  de  la 
paré  se  queja  alguien  I 

AMA.  Serán  borrachos... 

MAN.  Yo  oreo  que  son  emparedaos. 

AMA.  ¡  Pues  guárdame  uno  !  ¡  Y  dale  tiza  !  ¡  Cualquiera  «ata 
aquí  con  la  boca  abierta  habiendo  emparedaos  abajo! 

TELÓN 


CUADRO   SEGUNDO 

AL    HINCAR    EL    PICO 

El   fondo  del  pozo.    Manolo,   muy   asustado,    sostiene   la   escala 
por  donde  baja  Amadeo. 

■    AMA.  ¿Dónde  están  los  emparedaos?  . 

MAN.  (Tartamudeando  de  miedo.)  En...,  en...,  en  ese  tabi- 
que...  ¿Dónde  dará  ese  tabique? 

AMA.  Si  hay  emparedaos,  es  casi  seguro  que  dé  a  una  con- 
fitería. 

•MAN.  No  te  chufles,  Amadeo,  que  estoy  más  muerto  que 
vivo. 

AMA.  ¿Pues  qué  te  pasa? 


MAN.  Escucha»  (Amadeo  escucha  en  la  par\ed.)  ¿No  oyes 
suspirar? 

AMA.  (Tartamudeando  también.)  Me  pa...,  pa...,  me  «parece 
que  se  itrata  de  un...  se...,  se. i. 

•MAN.   ¿Qué? 

AMA.  Un  se...,  se...,  secuestro.  Hay  que  ejercer  un  acto  de 
justicia.  Yo,  que  Iba...,  ¡ba...,  que  bajaba  ¡buscando  un  entremés, 
y  tengo  que  hacer  un  acto...,  un  acto  de  justicia.   Li...,  li... 

MAN.   ¿Qué? 

AMA.    Liiibremos   al  secuestrado...  Anda,    Ma...,   ma... 

MAN.  ¿Cómo? 

AMA.  Maaanolo...   Coge  el  pi,  pi...  y  co...,  co... 

(MAN.   ¿Có...,  có...,  cómo? 

AMA.  Que  cojas  el  pi,  pico  y  co...,  comiences  a  cavar. 

MAN.  Es  que  me  da  muerto  miedo  del  co...,  co...,  del  comien- 
zo. Empieza  tú. 

AMA.  Espé...,  espérate,  que  me  o...,  que  me  oriente  y  vea 
dónde  son  Jos  suspiros. 

MAN.  Anda,  pronto. 

AMA.  Si  es  que  estoy  que  me  muero... 

MAN.  Pues  hinca  el  pico  de  una  vez.  ¿ 

AMA.  Ayúdame. 

MAN.  Ya,  vamos.  (Pican  en  el  muro;  éste  se  derrumba  en 
parte.) 

AMA.  ¡Y  dale  tiza  l 

MAN.  ¡  Mi  madre  ! 

AMA.   ¡  Qué  túnel  más  largo  ! 

MAN.   ¡  Y  qué  iluminación  ! 

AMA.  Esto  es  un  sueño,  Sevillano. 

MAN.    Amigo   Laliebre,   ¿estaremos  borrachos? 

AMA.  Creo  que  debemos  saltar  dentro. 

MAN.  Como  quieras. 

AMA..  Pues  a  ello.  ¡  Salta,  Sevillano  !  (Manolo  salta  por  el  bo- 
quete.) ¿Qué  ves? 

MAN.   ¡  El  disloque  ! 

AMA.   Donde  menos  se  piensa... 

MAN.   ¡Salta,   Laliebre! 

MUTACIÓN    EN    OSCURO 


CUADRO      TERCERO 

SALAMANDRA,   LA  FOGOSA 

Fantástica  cámara  en  los  interiores  del  infierno.  Al  fondo,  cortina 
de  lateral  a  lateral,  o  telón  que,  por  medio  de  un  juego  de  lu- 

§ 


oes,  pueda  ser  transparente.  De  ser  cortina,  se  descorrerá  a  su 
debido  tiempo,  y,  de  ser  telón,  tendrá  una  amplia  puerta  cen- 
tral. Practicables  a  derecha  e  izquierda.  Distribuidos  conve- 
nientemente en  la  decoración  siete  paños,  que  se  confunden 
con  el  decorado,  pero  que  a  su  debido  tiempo  se  alzarán,  según 
indica  la  acotación  correspondiente.  En  Madrid,  en  lugar  de 
siete  paños,  se  hicieron  siete  grotescos  faroles  representando 
unos  muñecos  infernales.  Estos  faroles  se  iluminan  por  dentro, 
y  a  su  debido  tiempo  se  alzan,  saliendo  de  dentro  de  ellos  los 
siete  Pecados  Capitales. 

Al  hacerse  la  luz,  seis  mecanógrafas  infernales  escriben  a  máqui- 
na, mientras  va  de  una  a  otra  la  Secretaria  de  la  esposa  de  Lu- 
cifer. 


SEC.  Secretarias  del  demonio, 

disponeos  a  copiar 
estas  cartas  infernales, 
que  me  acaban  de  dictar. 

MEC.  Estamos  a  tu  entera 

disposición. 

SEC.  Pues  escuchadme  todas 

con  atención. 
La  ancianidad  de  Lucifer 
i  le  tiene  ya 

lánguido,   apático,   sobre  un  sillón, 

y  a  combatir  la  enfermedad 

médicos  célebres  van  con  tesón. 

Unos  dicen  que  los  riñones  ; 

otros  dicen  que  el  corazón  ; 

hay  quien  habla  de  los  pulmones, 

y  hay  quien  habla  del  esternón. 

Mas  su  esposa  Salamandra 

asegura  sin  cesar 

que,  por  mucho  que  le  miren, 

nada  le  van  a  encontrar. 

¿Esta  es  la  orden  de  Salamandra, 

la  bella  esposa  del  gran  Lucifer? 

Y  Ja  mujer  de  Lucifer, 
el  gran   señor, 

lánguida,  histérica,  vuélvese  ya, 
y  sin  cesar  ha  de  beber 
antipasmódica  y  agua  de  azar. 

Y  se  tira  de  los  cabellos, 
y  es  tan  fuerte  cada  tirón 


que,  si  sigue  tirando  de  ellos, 

la  veremos  a  lo  «garsón». 

Y  la  pobre  sufre  y  Ilota, 

porque  dice,  con  razón, 

que  hace  tiempo  que  el  demonio 

no  cumple  su  obligación 


SEC.  Diabólicas  oficinistas :  es  preciso  que  estas  circulares 
salgan  para  la  tierra  en  el  primer  metropolitano  que  parta  del  in- 
fierno. Antes  de  cinco  minutos,  deben  tenerías  en  su  poder  los 
agentes  femeninos  en  la  tierra.  Así  no  dirán  que  nuestra  reina, 
la  princesa  Salamandra,  no  se  ocupa  de  los  asuntos  infernales. 

MEC.  i.a  Ten  en  cuenta  que  desde  que  su  esposo  el  príncipe 
Luzbel  cayó  enfermo  y  Salamandra  se  encargó  de  los  negocios  in- 
fernales, el  número  de  viajeros  que  vienen  de  la  tierra  es  cada 
día  menor. 

SEC.   ¿Acaso  pretendes  indicarme  que  ella  gobierna  mal? 

MEC.  i.a  El  diablo  me  libre  de  juzgar  sus  actos. 

SEC.  Pues  id  a  cumplir  esas  órdenes  y  de  aquí  en  adelante 
absteneos  de  opinar.  (Bis  en  la  orquesta  y  hacen  mutis  las  Meca- 
nógrafas. Salamandra  sale  por  la  derecha.) 

SEC.  ¿Has  oído,  amada  princesa,  lo  que  dijeron  esas  atre- 
vidas ? 

SAL.  Y  el  caso  es  que  no  les  falta  la  razón.  Yo  no  sirvo  para 
gobernar.  A  mí  no  me  importa  nada  que  los  hombres  pequen  o 
no  pequen  en  la  tierra  ;  a  mí  no  me  interesa  que  el  infierno  esté 
lleno  o  vacío.  Con  pensar  en  mi  desdicha  me  basta. 

SEC.   ¿En  tu  desdicha? 

SAL.  ¿Te  parece  pequeña  desgracia  que  el  príncipe  Lucifer, 
ese  viejo  achacoso,  me  haya  tomado  por  esposa  a  mí  que  soy  jo- 
ven y  que  me  veo  condenada  a  desconocer  para  siempre  toda  la 
serie  de  delicias  que  adornan  el  amor  juvenil? 

SEC.  Tienes  razón  ;  no  es  envidiable  tu  destino. 

SAL.  Y  que  no  tengo  ni  el  consuelo  de  pensar  que  cualquiera 
de  los  bellos  y  jóvenes  diablillos  se  atreva  a  hacerme  la  más  ino- 
cente cucamona.  Soy  su  reina,  soy  la  esposa  del  rey  de  los  infier- 
nos, y  tiemblan  sólo  de  mirarme. 

SEC.  Además  que,  aunque  alguno  se  atreviera,  tú  no  podrías 
ser  infiel  a  tu  señor.  Lucifer  posee  el  medio  de  conocer  al  mo- 
mento cualquier  desliz  que  cometieras. 

SAL.  No  me  hables  de  eso  porque  me  pongo  fuera  de  mí. 
A  cualquier  joven  casada  con  un  viejo  le  daba  yo  esto.de  que  el 
marido  pueda  saber  lo  que  no  debe  saber  sin  necesidad  de  verlo 


y  sin  que  nadie  se  lo  cuente.  ¡  Pensar  que  con  un  metro  que  íleva 
en  el  bolsillo  puede  conocer  si  le  traiciono  o  no...  ! 

SEC.  Y  que  utiliza  el  metro  cada  cinco  minutos. 

SAL.  Si  al  menos  tuviese  el  consuelo  de  saber  que  un  día  u 
otro  día  podía  quedarme  viuda...  Pero  ni  eso.  Lucifer  es  eterno. 
Envejece,  enferma,  se  llena  de  achaques,  pero  no  muere  nunca. 

SEC.  ¿Y  los  doctores  infernales  no  han  dado  con  la  enferme- 
dad que  tiene? 

SAL.  Pero  ¿cómo  van  a  dar  con  ello  si  su  única  enfermedad 
son  los  siglos  que  lleva  encima?  Y  los  pobres  doctores  se  vuelven 
locos  para  ver  lo  que  tiene  y  no  lo  saben.  No  lo  saben  porque  no 
tiene  nada. 

SEC.  ¿Estás  segura  de  que  no  tiene  nada? 

SAL.  Ni  tanto  así.  ¡  Cuando  yo  te  lo  digo ! 

DÍA.  (Entrando  por  la  izquierda.)  El  príncipe  Lucifer,  des- 
atendiendo los  consejos  de  los  médicos,  se  ha  levantado  y  viene 
hacia  aquí. 

SAL.  Pues  mira,  vamonos,  porque  se  levantará,  como  acos- 
tumbra, con  un  humor  de  todos  los  demonios. 

SEC.  Démonos  prisa  porque  ya  está  aquí.  (Hacen  mutis  los 
tres  por  la  derecha.  Entra  por  la  izquierda  Lucifer,  viejo  y  acha- 
coso. Se  apoya  en  Pedro  Botero  y  les  sigue  el  Doctor  del  Diablo.) 

LUC.  Nada  ;  tus  remedios  no  sirven  para  nada.  Me  acabo  de 
levantar  y  ya  no  puedo  ni  sostenerme.  Acércame  un  asiento,  Pe- 
rico. 

BOT.  Toma,  señor. 

LUC.    (Sentándose.)   ¡  Ay  ! 

DOC.  Yo  no  puedo  hacer  más.  He  recurrido  a  todos-  los  me- 
dicamentos que  conozco.  Te  he  dado  citrato  potásico,  citrato  só- 
dico, citrato  de  magnesia... 

LUC.  Pues  a  pesar  del  citrato  potásico,  del  citrato  sódico  y 
del  citrato  de  magnesia,  si  trato  de  ponerme  en  pie  me  caigo. 

DOC.  Tu  esposa  Salamandra  me  pide  a  toda  prisa  que  ex- 
tienda un  certificado  de  tu  enfermedad.  Y  me  doy  por  vencido. 
No  me  es  posible  certificar  nada. 

LUC.  He  perdido  el  estómago... 

DOC.  Eso  creía  yo,  y  por  eso  recurrí  a  los  sellos  de  bismuto, 
a  los  sellos  de  belladona,  a  los  sellos  de  bicarbonato... 

LUC.  ¿Y  no  puedes  certificar  después  de  tanto  sello? 

BOT.   Yo  creo  que  estás   algo   asmático,    reumático,    gotoso... 

DOC.  Pues  yo  no  veo  asma,  ni  veo  reuma,  ni  veo  gota. 

LUC.  Eso  es  lo  que  te  pasa,  que  no  ves  ni  gota,  ¡médico  del 
demonio ! 

BOT.  Si  le  sirvieran  tus  gafas  mágicas  con  las  que  tú  ves  el 
interior  de  las  personas... 

LUC.   No  ore*)  que  le  sirven  más  que  para  ver  el  interior  de 

9 


mí  ropa,  porque  sólo  mis  ojos  tienen  el  poder  de  mirar  con  estas 
gafas  el  interior  del  cuerpo.  De  todas  formas,  póntelas  y  mira. 
(Se  las  da;  el  doctor  se  las  pone.)  ¿Qué  ves? 

DOC.  Te  veo  completamente  desnudo. 

LUC.  ¿Y  no  ves  nada  más? 

DOC.   Muy  poca  cosa. 

BOT.   ¿Y  el  interior?  ¿Es  que  no  ves  nada  del  interior ? 

DOC.  El  interior  lo  veo  muy  oscuro. 

LUC.  ¡Como  todos  los  interiores! 

DOC.  ¡  Ahora  lo  veo  todo  claro.  (Pedro  Botero  se  pone  de- 
lante, volviendo  la  espalda  al  Doctor  e  inclinándose  para  coger 
algo  que  se  le  ha  caldo  a  Lucifer.)  ¡  Calla  !  ¡  Ahora  lo  veo  todo 
negro ! 

LUC.  .¡  Trae,  trae  mis  gafas,  imbécil !  Como  dentro  de  dos 
días  no  hayas  averiguado  mi  enfermedad,  te  mando  tostar  a  fuego 
lento. 

DOC.  Ve  que  es  un  plazo  muy  corto. 

LUC.  ¡Largo! 

DOC.  Corto. 

LUC.  ¡  Digo  que  largo  de  aquí !  (El  Doctor  saluda  y  vase  por 
la  derecha.)  ¡  Ay,  Perico,  qué  desgraciado  soy !  Si  no  fuese  eterno, 
ya  me  había  matado.  . 

BOT.  Paciencia,   señor. 

LUC.  ¿Paciencia?  Job  a  mi  lado,  el  rabo  de  una  vaca  en  época 
de  moscas...  * 

BOT.  Ya  volverás  a  tener  .salud. 

LUC.  ¿Y  crees  que  rne  basta?  Lo  que  yo  quisiera  es  algo  que 
no  podré  conseguir  en  toda  mi  eternidad.  Volver  a  ser  joven. 

BOT.  ¡  Bah  !  ¿Qué  falta  te  hace  a  ti  la  juventud? 

LUC.  Nunca  la  eché  de  menos  y  hace  ya  siglos  que  soy  viejo. 
Pero  ahora...  ¿Me  entiendes? 

BOT.   Como  no  hables  claro... 

LUC.  Ahora  amo.  Más  claro,  agua  de  filtro. 

BOT.  ¿A  Salamandra? 

LUC.  A  Salamandra.  La  obligué  a  casarse  conmigo  porque 
suponía  que  su  juventud  y  su  belleza  me  volverían  a  mis  buenos 
tiempos...  Pero  como  si  no... 

BOT.  ¿Y  la  amas? 

LUC.  La  amo  ;  ¡  pero  como  si  no  !  ¡Y  si  supieses  lo  más  te- 
rrible ! . . . 

BOT.  ¿Qué? 

LUC.  Que  tengo  celos.  ¡  Celos  terribles  !  Salamandra  es  joven, 
fogosa,   está   llena  de   amorosas   inquietudes   y   nota  el   vacío   del 
amor,  y  como  está  llena  y  nota  ese  vacío...  ¿Comprendes? 
BOT.   ¿Piensas  que  puede  engañarte? 

IO 


LUC.   Lo  pienso,   lo  imagino...    ¡Acaso  en   este  momento  me 
\  estará  siendo  infiel ! 

BOT.    Deja,   deja  que  salga  de  la  duda,   porque  sólo  de  pen- 
sarlo...  (Saca  del  bolsillo  un  metro.)  Veamos.   (Se  lleva  el  metro 
I  o  la  cabeza  y  se  mide  los  cuernos.)  ¡  Fiel !   ¡  Qué  peso  se  me  ha 
quitado  de  encima  ! 

DÍA.  (Entrando  por  el  foro.)  Señor,  han  llegado  por  el  sub- 
terráneo secreto  del  Metropolitano  iríernal  de  Nueva  York  dos 
habitantes  de  la  tierra. 

LUC.  Que  los  reciba  mi  esposa,  o  su  secretaria,  o  tú  mismo. 
Yo  tengo  bastante  con  ocuparme  de  mi  vejez  y  mi  enfermedad. 
(A  Botero.)  ¡  Y  sobre  todo  con  mis  celos !  Vamos  de  aquí,  Pe- 
rico... (Haciendo  mutis.)  Pensar  que  Salamandra  puede  engañar- 
me... Déjame,  déjame  que  lo  vea...  (Vuelve  a  medirse  los  cuer- 
nos.) ¡  Fiel !  (Sale  por  la  izquierda.,  api-yándose  en  Pedro  Botero.) 

DÍA.  (Dirigiéndose  al  foro.)  Pasad.  (Entran  por  dicho  sitio 
Amadeo  y  Manolo.) 

AMA.   Oye,  ¿dónde  estaremos? 

MAN.  No  podemos  estar  muy  lejos  de  la  calle,  porque  desde 
que  atravesamos  el  boquete  del  pozo  y  caímos  en  aquel  tren  sub- 
terráneo, no  han  pasado  ni  dos  minutos 

AMA.  Pa  mí  que  estamos  en  alguno  de  esos  cabarés  secretos 
que  hay  en  Nueva  York.  Y  que  deben  estar  celebrando  algún 
baile  de  máscaras. 

MAN.  ¿Por  qué  lo  dices? 

AMA.  Aquí  por  el  galán  que  está  \estido  de  demonio. 

MAN.  Fíjate  qué  rabo. 

AMA.  Parece  de  veras.  (Tira  del  rabo  al  Diablo. ) 

DÍA.    (Gritando.)   ¡Ay! 

MAN.  ¿Qué  le  pasa? 

DÍA.  Que  me  has  hecho  daño. 

MAN.  ¡  Ay,   Manolo,  que  es  de  carne ! 

DÍA.  ¿El  qué? 

AMA.  El  rabo. 

MAN.  Amos  anda.  (Al  Diablillo.)  Oye,  jovencito.  Pues  no 
dice  acá  que  eso  es  de  carne... 

DÍA.   ¿El   qué? 

MAN.  ¡  Lo  que  cuelga  ! 

DÍA.  ¿Cómo? 

MAN.   El  apéndice  ;  vulgo,  cola. 

DÍA.  Pues  claro  que  es  de  carne. 

AMA,  ¡Y  dale  tiza!   ¿Será  verdad? 

MAN.  Pero  si  lo  que  quiere  es  pitorrearse  de  nosotros.  Por 
eso  se  ha  quejado  cuando  le  has  tirado  de  la  cola.  Pa  engañarnos. 
Pero  a  mí  no  me  la  pega  ni  con  cola. 

DÍA.  Estáis  en  el  infierno. 

II 


AMA.  Por  el  calor  que  hace,  casi  voy  a  creerlo. 

MAN.  Yo  estoy  sudando  tinta. 

DÍA.  Y  esperad  aquí,  que  voy  a  traer  a  doña  Salamandra. 

MAN.  Oye,  ¿y  no  te  sería  más  fácil  traernos  a  don  Ventila- 
dor? (El  Diablillo  hace  mutis  por  la  derecha.) 

AMA.  Miá  que  si  estuviésemos  en  el  infierno,  Manolo... 

MAN.  ¿Pero  tú  crees  que  se  llega  al  infierno  por  las  alcanta- 
rillas ? 

AMA.  Por  toas  partes  se  va  a  Roma. 

MAN.  A  Roma  sí,  pero  no  al  infierno. 

AMA.  Acuérdate  de  las  voces  que  hemos  oído  al  entrar.  Algo 
así  como  si  se  quejasen. 

MAN.  Eso  sí  es  verdad. 

AMA.  Y  una  voz  que  gritaba :  «j  Que  te  quemas,  que  te  que- 
mas!» 

MAN.  Vete  tú  a  saber  ;  a  lo  mejor  son  chicos  que  juegan  al 
zurriago  escondió. 

AMA     (Mirando  á  la  derecha.)  ¡  Ay,  Manojo  ! 

MAN.  ¿Qué? 

AMA.  Que  por  ahí  vienen  cinco  mujeres  que  quitan  la  cabeza. 

MAN.  ¡  Anda,  -pues  es  verdad !  (Salen  a  escena,  por  la  dere- 
cha, Salamandra,  la  Secretaria  y  cuatro  Mecanógrafas. ) 

AMA.  Pero  ¿ande  estaremos? 

MAN.  Vamos  a  preguntárselo  a  una  de  éstas. 

AMA.  Creo  que  pa  hablarlas  debes  fingir  educación  y  maneras 
distinguidas. 

MAN.  Oye,  que  a  mi,  a  maneras  distinguidas,  no  me  gana  ni 
don  José  Francos  Rodríguez,  pongo  por  ex  ministro.  Ahora  verás. 
(A  ellas.)  Salú. 

AMA.  No,  hombre,  no.  Con  de. 

MAN.  ¡  Ah,  ya  !  Saluz. 

AMA.  ¿Eso  es  con  de? 

MAN.  Señoras  midas... 

AMA.  ¡  Y  dale  tiza !   N©  tan  fino,  Manolo. 

MAN.  Aquí  hemos  entrao  los  dos,  que  valemos  como  cuatro, 
pa  las  cinco  y  seis... 

AMA.   Pero  ¿qué  cuentas? 

MAN.  Y  seis  de  una  guapeza  que  descoyunta.  Creo  que  más 
fino...  Porque  éste  y  yo...  y  yo  y  éste...  Ya  estoy  hecho  un  taco. 

AMA.  ¡Y  dale  tiza,  Manolo!  ¡  Quítate  de  ahí  y  déjame  a  mí !... 
Aquí,  el  jovencito  y  yo  queremos  inquirir,  vulgo  saber,  dó  nos 
hallamos, 

MAN.  ¡-Chico,  qué  bien  estás  de  voz ! 

AMA.  ¿Por  qué? 

MAN.  Porque  hay  que  ver  el  do  que  te  ha  salido.  Vamos,  apár- 

13. 


tate  de  ahí  y  deja  que  yo  las  interrogue.   (A   Salamandra.)   Oiga 
usté*,   señora...,   señora... 

SEC.   Señora  Salamandra. 

MAN.  ¿Salamandra  na  más?  Permítame  usté  que  yo  la  dé 
tratamiento  mavor.   Oiga  usté,  doña  Calefación  central. 

SEC.  Sé  -más  respetuoso.  Estás  ante  la  reina  del  Averno. 
(A  Amadeo,  que  lía  un  cigarrillo.)  ¿Qué  vas  a  hacer,  desdi- 
chado? 

AMA.   Fttimar. 

SEO  Aquí  no  se  fuma. 

MAN.   ¿Oyes?  Que  aquí  no  se  fuma. 

AMA.  ¡Y  dale  tiza!   Pero  si  vo  tengo  ganas  de  echar  huirij. 

MAN.  Pues  si  tienes  ganas  de  humear,  hazlo  donde  no  haya 
señoras.  Y  a  otra  cosa.   ¿Quién  ustés  decirme  ande  estamos? 

SAL.  En  el  infierno. 

AMA.  Cuando  yo  te  decía  que  he  oído  al  entrar  unos  gri- 
to? imuv  rsros...  No  se  me  va  de  la  memoria  la  voz  de  un  hom- 
bre que  gritaba  desesperadamente:   «¡-Eureka!   ¡  Eureka  !» 

MAN.   Sería  vn  zapatero. 

AMA,  Decía  que  era  un  sabio  que  se  llamaba  Arquímedes. 

SAL.   [  A(fa,  sí!  El  que  inventó  el  <principio. 

MAN.  Vamos,  mia  que  traer  al  infierno  al  que  inventó  eí 
principio... 

AMA.  Eso  no  se  le  ocurre  ni  al  que  asó  la  manteca. 

SAI-.  'Bueno,  basta  de  conversación.  Secretaria,  inscribe  a  es- 
tos mcrtailes  en  el  libro  de  las  entradas. 

AMA.  Oiíja  usté,  terremoto.  ¿Y  a  mí  no  podían  inscribirme 
en  el  de  las  salidas? 

SAL.   El  que  entra  aquí  no  sale  nunca. 

AMA.  Yo,  por  no  dejar  de  verla  a  usté,  aquí  me  quedo  pa 
los  restos. 

SAL.  f Coatí etean do.)  ¿De  veras? 

AMA.  Y  si  le  gustan  a  usté  flos  demonios,  como  uno  que  he 
visto  yo  aquí  antes,  estoy  dispuesto  a  tener  más  cola  que  la  ta- 
quilla de  un  cine  en  día  de  lluvia... 

SAL.  ; Serías  canaz  por  mí  de  vivir  a  gusto  en  el  infierno? 

AMA.  Es  que  viviendo  a'l  lao  de  usté  se  está  siempre  en  la 
gloria. 

SAL.    (Coqueteando,  más.)   ¿Sí?... 

SEO  Señora,  no  olvides  ¡los  procedimientos  métricos  de  Lu^ 
cifer. 

SAL.   Tienes  razón,   jqué  desgracia    la    mía! 

SEC.   ¿Y  vosotros  sois  de  Madrid? 

AMA.   De  Madrid,  na  más. 

MAN.  De  la  tierra  del  cocí,  de  las  chuletas  de  Barrionueva 
v  del  chotis  castizo. 

*3 


SAL.   ¿1F-1  chotis?  ¿Y  qué  es  eso? 

AMA.  Eso  es  la  cúpula  del  vaivén  y  á,el  giro  mutuo  a  com- 
pás de  una  melodía  que  amodorra. 

MAN.  Anda ;  enróscate  tú  con  esa,  que  yo  me  voy  a  soldar 
aquí  con  doña  Secretaria  pa  explicárselo.  (Las  abrazan  por  la  cin- 
tura.^) 

SAL.  Pero,  ¿esto  hay  que  bailarlo  tan  juntos? 

MAN.  Todos  los  chotis.  Y  este  que  os  vamos  a  enseñar  más 
aún. 

AMA.  Como  que  este  chotis  se  llama  El  incrustao. 


MÚSICA 

Salamandra,  Secretaria,  Manolo,  Amadeo  y  Diablillos,  que  aJ 
primer  estribillo  aparecen  bailando. 

AMA.  y  MAN.         Cuando  me  enrosco 

con  cuidado'  a  la  pareja, 

al  apretar  suele  exclamar 

:alguna  queja  ; 

y  es  que  yo  bailo 

este  chotis  tan  apretao 

que  a  la  pareja 

la  convierto  en  un  lenguao. 
SAL.  y  SEC.         No  te  me  enrosques 

de  tal  modo,  que  lastimas  ; 

ya   la  columna  vertebral 

ime  has  desviao. 
AMA.  y  MAN.        ¡Pues  yo  la  tengo  más  derecha 

que  una  lima, 

y  esto  me  pasa  cuando  bailo 

el  incrustao. 

El  incrustao — ha  demostrao 

que  pa  bailarlo — hay  que  sudarlo. 
SAL.  y  SEC.         El  incrustao — ha  demostrao 

que  el  que  lo  baila — ¡no  tié  un  costipao. 
AMA.  y  MAN.         En  la  Bombilla 

yo* bailé  con  la  Cristeza 

y  ella  exclamaba  : 

¡  que  me  arrugas  la  chaqueta !  ; 

pu©9  yo  bailaba  d©  tal  modo 

el  incrustao. 

que  un  abrelatas 

no  me  hubiera  separao. 
SAL.  y  SEC.        Yo  me  lo  explico,  .  «• 

porque  aprietas  de  tal  modo 


que  la  rodilla 
tú  rcie-dejas  señala. 
AMA.  y  MAN.     Yo  te  señalo  'la  rodilla, 
y  hasta  el  codo, 
y  si  es  tu  gusto 
te  señalo  lo  demás. 

(Al  estribillo.) 


AMA.  ¡  Cómo  me  gustas,  negra !   (Abrasándola.) 

SAlL.  No  tanto. 

AMA.   ¿Qué?  ¿Te  parece  fuerte? 

SAL.  No ;  puedes  apretar  un  poquito  más. 

SEC.   Acuérdate  del  metro. 

SAL-/  íEs  cierto,  ¡  qué  desesperación  !  Vaya,  conducid  a  estos 
hoirríbres  a  que  vean  los  suplicios.  Luego  determinaré  Jo  que  con 
ellos  puede  hacerse. 

AMA.  Conmigo  puede  hacerse  todo. 

SAL.  ¿Todo...? 

SEC.  Señora,  el  metro. 

IMÁN.  Este  Amadeo  es  de  una  frescura  que  como  siga  aquí 
unas  días,  ¿as  calderas  infernales  van  a  pasar  del  rojo  vivo  al 
negro  'mate.  (Hacen  mutis  los  dos  por  el  joro  acompañados  del 
Diablillo.) 

SAL.  Ea,  no  aguanto  más.  Ese  hombre  'me  gusta.  Es  preciso 
buscar  un  medio  para  burlar  a  Lucifer  sin  correr  el  peligro  de 
que  Ho  sepa. 

SEC.   ¿Engañar  a  Lucifer? 

SAL.  Si.  La  astucia  de  la  mujer  lo  puede  todo.  Sigúeme.  Yo 
te  aseguro  que  desde  hoy  en  adelante  voy  a  hacer  lo  que  quiera 
sin  que  el  metro  de  Lucifer  sirva  delatarme.  (Hacen  mutis  por 
la  derecha.  Por  la  izquierda  entran  Lucifer  y  Pedro  Botero.) 

iLUC.  Te  digo  que  sí,  Perico.  El  metro  acusa  una  crecida  de 
dos  imilíimetros  en  el  adorno  de  mi  regia  cabeza. 

BOT.  Imposible.  Acaso  sea  que  el  metro  se  ha  desgastado  con 
el  uso. 

LUC.  Ten  la  seguridad  de  que  si  aún  no  ene  engañó  ya  pien- 
sa en  ello.  La  crecida  de  dos  milímetros  lo  dice.  Cuando  el  he- 
cho está  a  punto  de  consumarse,  pasará  de  líos  tres  centímetros, 
y  una  vez  consumado,  llegará  a  un  decímetro.  Necesito  averiguar 
quién  es  el  miserable  en  quien  piensa  mi  esposa.  A  ti  te  confío  ia 
misión. 

BOT.  Haré  cuanto  pueda  por  saberlo. 

LUC.  Ve  a  consultárselo  a  mis  adivinos. 

15 


BOT.  Volando  voy,  príncipe  poderoso.  (Hace  mutis  por  Zcsj 
izquierda}.) 

LUiC.  ¿Será  posible?  Me  resisto  a  creerlo.  Sin  embargo,  el  me* 
tro  no  miente...  Veamos.  {Vuelve  a  medirse.)  \  Un  ¡milímetro  más  ! 
Un  ¡milímetro  niás,  pero  fiel  todavía.  (Desde  este  momento  va  que- 
dándose dormido.)  ¡  Ah  1  Es  que  si  me  engañasen  los  mandaría 
tirar  a  la  laguna  Estigia...  Ya  veo  el  agua...  Veo  cómo  se  sumer- 
gen los  cuerpos...  Veo  el  agua...  Veo  el  agua...   (Se  duerme.) 

MAN.  (Entrando  por  el  foro  y  llamando.)  ¡Amadeo!  ¿Pero 
dónde  s'habná  metió  ?  ¡  Amadeo  ! 

DÍA.  (Entrando  por  la  derecha.)  No  le  llames.  La  señora  Sa- 
lamandra le  ha  llevado  a  su  cámara  para  saber  los  pecados  que 
tiene  en  la  conciencia.  Y,  además,  procura  no  gritar :  Lucifer 
duerme. 

MAN.  ¡  Ah  !  ¿Pero  ese  es  el  demonio? 

DÍA.  ¿No  le  ves  los  cuernos?  Si  tienes  allgún  pecado  que 
ocultarle,  aléjate  antes  de  que  despierte.  Tiene  puestas  las  gafas 
y  con  ellas  atraviesa  los  cuerpos- y  ve  las  almas  desnudas.  (Mutis 
por  el  foro.) 

MAN.  ¡  Las  célebres  gafas  del  diablo !  ¡  Con  qué  gusto  me 
las  pondría  aunque  no  fuera  más  que  por  unos  momentos...  Si 
no  me  sintiese...  (Se  aaerca  y  le  quita  las  gafas.)  Bueno,  como 
sepa  que  he  sido  yo,  me  veo  ardiendo,  ime  veo  carbonizado...  (Se 
las  pone.)  Me  veo...  me  veo  desnudo.  Y  a  Lucifer  también  lo  veo 
en  cueros.  ¡Qué  viejo  está  per  dentro!  ¡Qué  piel  más  negra  y 
arrugada!  Si  parece  increíble...  ¡Qué  arrugada  la  tiene!  Que... 
(Entraj  la  Secretaria.)  ¡  Qué  cuerpo !  ¡  Viva  la  .madre  que  la  tra- 
jo al  infierno  !  _ 

SEC.  Silencio... 

MAN.  ¡  No  me  da  la  gana ! 

SEC.  Vaya  unas  formas. 

MAN.   Eso  digo  yo,  vaya  unas  formas.  - 

SEC.  Bastante  feas. 

MAN.  Que  se  cree  usted  eso. 

SEC.  ¿Pero  de  qué  hablas,  desdichado?  ¿Por  qué  me  miras 
así  ? 

MAN.  ¿Es  de  usted  todo  eso? 

SEC.  Calla  de  una  vez.  (Se  acerca  a  Lucifer.) 

MAN.  ¡Mi  reverenda  abuela,  qué  líneas! 

SEC.  (Registrando  a  Lucifer.)  ¿Dónde  estará  el  metro?  No, 
esto  es  un  cuaderno  de  apuntes.  ¿Lo  tendrá  aquí? 

MAN.  ¿Quién  puede  tener  mejor  línea? 

SEC.  ¡  El  imetro  !   (Ouitándoselo  a  Lucifer.) 

MAN.  ¿Cómo? 

SEC.  El  metro,  que  ya  está  aquí  el  metro. 

16 


MAN.  Pues  dígame  dónde  se  toman  ios  billetes,  porque  como 
se  entere  el  demonio  de  la  partida  que  le  estoy  jugando... 

SEC.  Pues  como  sepa  la  que  le  he  jugado  yo...  Ajajá.  (Guar- 
dándose el  metro  y  sacando  otro  mayor.)  Ahora  le  pongo  este  en 
el  bolsillo.  (Lo  hace.  A  Manolo.)  Ven,  vamos  a  buscar  a  tu  com- 
pañero. (Llegan  al  joro.)  Ahora  no  hay  más  que  cambiarle  el 
metro  de  cuando  en  cuando. 

MAN.   (Cuando  van  a  haaer  mutis.)  ¡Arrea! 
SEC.  ¿Qué  pasa? 

MAN.  Que  está  ahí  la  Salamandra  esa. 
SEC   Bueno.   (Avanzando.) 

MAN.   (Deteniéndola.)  Es  que  está  con  Amadeo. 
SEC.  No  importa. 

MAN.  Es  que  se  están  abrazando...  (En  este  momento,  los 
cuernos  de  Lucifer  empiezan  a  crecer  notablemente.) 

SEC.  Vamos,  vamos.  Pedro  Botero  viene  y  no  debe  encon- 
trarnos aquí. 

MAN.  (Gritando.)  ¡  Amadeo,  que  vamos !  (Hace  mutis  por  el 
foro  con  la  Secretaria.) 

BOT.  (Entrando  por  la  izquierda.)  Señor,  señor... 
LUC.  (Despertando.)  ¿Qué  ocurre? 

BOT.  Los  adivinos  dicen  que  Salamandra  piensa  serte  infiel 
con  un  hombre  recién  llegado  de  la  tierra. 

LUC.  ¡Miserable!  Y  acaso  me  haya  engañado  ya...  Ven -con- 
migo. Pero  antes  déjame  que  sepa  si  el  delito  es  un  hecho.  (Se 
mide  suavemente.)  ¡Fiel!  ¡Fiel  todavía!  (Haten  mutis  por  la  iz- 
quierda, la  Secretaria  se  asoma  por  el  foro.) 

SEC.  Ya  se  fueron,  señora.  (Entra  en  escena  ;  la  siguetii  Sa- 
lamandra, Amadeo,   Manolo  y  el  Diablülo.) 

SAL.  No  hay  tiempo  que  perder.  Acabaría  por  averiguarlo. 
Mientras  lo  decidimos,  es  preciso  cambiade  otra  vez  el  metro 
que  tú  le  pusiste,  por  este  otro.   (Sacando  otro  rrífetro  mayor.) 

DÍA.  Yo  me  encargo  de  ello.  (Salamandra  le  da  el  metro,  y 
el  Diablillo  hace  mutis  por  la  izquierda.) 

SAL.  Ahora,  a  la  tierra,  a  escapar  de  su  furor,  a  divertirnos... 
AMA.    Bueno,   me  ha  resultado  más   flamenca  que  si  hubie- 
se nacido  en  Cabestreros. 

SAL.  Que  dispongan  el  Metropolitano  infernal.  Vamos  a  lle- 
varnos para  el  viaje  los  mejores  guías  que  existen. 
MAN.  ¿Quiénes? 
SAL.   Los  pecados  capitales. 


n 


MÚSICA 

Salamandra,   Secretaria,  Amadeo,  Manolo  y  los  Siete  pecado 

Número  5.  Los  siete  paños  de  la  decoración  indicados  en  e 
cuadro,  se  levantan  o  caen,  dejando  al  descubierto  unos  hueco 
iluminados,  donde  apame^en  sietle  mujeres  (lo  mejorcito  que  haya 
representando  a  los  peaados  capitales  ;  sobre  cada  hueco  se  leen 
en  carmeles  luminosos,  los  nombres  de  los  pecados.  Cuando  és 
tos  han  temiinado  de  cantar,  entra  el  Diablillo  por  la  izquierda. 

PECADOS.        Aquí  tienes  los  siete  pecados 

que  mandaste,    señora,    llamar  ; 

si  a  la  tierra  queréis  ser  llevados, 

por  nosotros  dejaros  guiar. 
LUJURIA.         Aquií  está  la  lujuria, 

la  hermana  del  amor, 

la  sola  soberana 

del  mundo  pecador. 
PECADOS.        Avaricia,  pereza  y  envidia 

su  homenaje   te  quieren  rendir. 

La  soberbia,  la  gula  y  la  ira 

como  esclavas  te  van  a  servir. 
LUJURIA.         Venid   a   disfrutar  ; 

seguidme   sin   temor ' 

a  gozar  del  imundo  pecador. 

Yo  te  haré,  pecador, 

gustar  las  'delicias  del  amor. 

Te  podré  demostrar 

que  no  existe  goce 

como  eil  de  pecar. 

/ 
recitado 

DÍA.  Hice  lo  que  mandaste.  El  .metro  está  cambiado  sin  que 
lo  advirtiese. 

SEC.  Y  el  Metropolitano  infernal,  dispuesto  a  partir. 

SAL.  ¡  En  marcha  ! 

TODOS.   ¡  en.  imarcha  ! 

MAN.  Bueno,  mis  ojos  se  están  dando  una  ración  de  vista 
que  voy  a  tener  que'  mandar  las  niñas  a  las  Arrepentidas.  (Ha- 
cen mutis  todos  ;  la  orquesta  toca  bíajo.) 

LUIC.  (Saliendo.  Sus  cuernos  han  onecido  más.)  ¡  Salaman- 
dra !  <¡  Esposa  imía !  Uf,  estoy  reventado  de  correr  en  su  busca. 
¿Si  se  esconderá  ya,  temerosa  del  castigo?  ¿Si  habrá  delinqui- 
do? Veamos.    (Saaa  el  metro  que  Scdaníandra  dio  al  Diablillo.) 


a  cortina  o  telón  del  foro  se  descorre  y   se  ve  atravesar  él 
iropoliHano    infernal,    donde    van    Salamandra,    A-Madeo,    Ma- 

\.Mo  y  los  Pecados  Capitalesi. 
VLUC.     (Reditado.     Midiéndose    los    cuernos.)    ¡Fiel!     ¡  Siem- 

■  re  fiel ! 


TELÓN 


CUADRO  CUARTO 


¡unos  pecadores   y   muchas   pecadoras.    Fantástico  cabaret   en 
la  tierra.   Practicables  el  foro  y  los  laterales. 

HABLADO 

SAL.  (Entrando  por  el  joro  vestida  de  baile,  y  acompaña- 
&  de  Amadeo,  de  Manolo  y  de  la  Secretaria.)  La  Gula  y  la 
varicia  nos  han  conducido  a  este  sitio,  del  que  dicen  ser  reinas, 
firman  que  éste  es  uno  de  los  sitios  de  diversión  en  la  tierra. 
.,  AMA.  Por  lo  menos,  se  come  de  lo  lindo. 

SAL.  Gula. 

MAN.  (Qu\e  nidra  por  uno  de  los  laterales.)  Y  se  juega  has- 
i  en  la  cocina. 

SAL.  Avaricia.  (Se  sientan,  y  palrrúotean.) 

CAM.  (Una  muóhadha  descoyuntante  y  ligerita  de  ropa.) 
Qué  va  a  ser? 

MAN.   (Poniéndose  las  gafas.)   ¡  Va   a  ser  el  delirio ! 

AMA.  ¿Pero  cómo  harán  esto? 

MAN.  Ya,  ya...  ¡Y  puede  que  esté  hecho  a  oscuras  1 

SEC.  No  la  mires  tanto.  ¿Es  que  vale  más  que  yo? 

MAN.  Te  diré...  ;  como  valer,  no  es  que  valga,  pero...  ¡tiene 
>  suyo ! 

AMA.  ]  Ya  lo  creo  que  lo  tiene ! 

MAN.  Que  lo  tiene.  ¡Que  lo  estoy  viendo  yo!  ¡Que  lo  es- 
yy  viendo,  que  lo  estoy  viendo ! 

CAM.  Dígame  lo  que  van  a  tomar,  porque  tengo  mucha 
risa. 

MAN.  ¿Y  qué  ties  tú  que  hacer,  apisonadora?  (La  toca.) 

CAM.  Estése  quieto,  que  soy  una  muchacha  decente. 

AMA.   Mira,  qué  'lastima,  tan  joven  y  ya  decente. 

SAL.  ¿Decente?  Este  alma  necesita  pervertirse  y  yo  me  en- 
irgo  de  ello. 

CAM.  Además,  tengo  novio. 

MAN.   ¿Y  quién  es  tu  novio,  cabaretística  monada? 

19 


CAM.   Un  chico  de  Cananas  que  toca  la  flauta  en  el  sexteij 

AMA.   ¿Qué  dice? 

MAN.   Que  su  novio  es  un  canario  flauta. 

SEC.  Parece  una  inocentona.  Es  necesario  ganar  almas  pa 
el  infierno.   ¿Quieres  enseñarnos   el'tocador? 

CAM.  Con  mucho  gusto.  Pasen  ustedes  por  aquí.  (Hacen  m 
tis  por  la  derecha  las  tres.) 

AMA.  Estoy  que  no  me  llega  la  camisa  al  cuerpo,  porque 
Lucifer  ha  dado  con  nuestra  pista  y  nos  encuentra...  No  quie 
ni  pensarlo. 

MAN.   De  la  primera  mirada  te  chamusca. 

AMA.  ¿Quién  me  iba  a  decir  a  mí  hace  cinco  meses,  cuan' 
estaba  rodando  por  las  alcantarillas,  que  yo  tenía  que  engañ 
al  demonio? 

MAN.  El  tiene  la  culpa.  ¿Para  qué  se  ha  casado  con  ur 
mujer  joven  y  guapa? 

AMA.   Al  demonio  se  le  ocurre. 

MAN.  Pues  sí  tú  les  has  quitao  la  mujer,  yo  le  he  quita< 
otra  cosa.   (Le  enseña  las  gafas. ) 

AMA.   Pero,   ¿te  has  traído  las  gafas  del  diablo? 

MAN.  Y  poquitas  cosas  que  voy  a  ver  con  ellas  en  la  tierr 
(Mirando  a  tina  tanguista. )  ¡  Ay,  Amadeo !  ¡  Sujétame,  que  rr 
desvanezco ! 

AMA.   Pero,   ¿qué  te  ocurre? 

MAN.  ¿Ves  aquella  pelirrubia  que  está  sentada  al  lado  < 
aquella  tnorenucha? 

AMA.   Sí. 

MAN.  Pues  tien  un  lunar  así  de  grande. 

AMA.  ¿Dónde? 

MAN.  Allí  mismo. 

AMA.  A  ver,  a  ver.  (Le  quita  las  gafas.)  Yo  veo  muy  m 
con  esto  ;   ¿dónde  dices  que  tiene  el  lunar? 

MAN.  Allí.       - 

AMA.  ¿En  el  cuello? 

MAN.  Más  abajo. 

AMA.  ¿En  el  pecho? 

MAN.   Más  abajo. 

AMA.   En... 

MAN.  Más  abajo.  Trae  que  limpie  las  gafas.  (Pasa  su  p 
ñuelo  Por  los  cristales.)  ¿Lo  ves  ahora  bien? 

AMA.  Ahora  veo  al  pelo. 

MAITRE.  (Avanzando.)  Señores,  va  a  empezar  la  partida  d 
caballitos. 

MAN.    ¿Vamos  a  probar  fortuna,    Amadeo? 

AMA.  Todo  será  que  arruinemos  a  doña  Salamandra.  (Hace 
mutis  los  dos.) 


MÚSICA    (BAILABLE) 

(Aparecen  varias  segundas  tiples  simulando  caballitos.  La  go- 
P-  rra  o  casquete  que  llevan  es  una  pequeña  cabeza  de  caballo  con  sus 
oreiitas.    Llevan  arreos   de   cintas   y   en   la   espalda   unos   muñecos 
pi  vestidos  de  «jo'keys»,  que  se  asoman  a  sus  hombros  según  requie- 
ra  la   evolución,    pues   sostienen   unas   riendecitas   que   se   unen   a 
5    las   manos   de   las   tiples   y    que    ellas   manejan   a   su   capricho.    Al 
'■■  terminar  el  bailable  y  hacer  mutis  los  caballitos,   salen  Manolo  y 
Amadeo,   locos  de  contento,   por  donde   hicieron  mutis.) 

f  HABLADO 

MAN.    (Contando   billetes.)   Cuatro  mil,   cinco  mil,   seis  mil... 

AMA.  Bueno,  chico  es  que  tienes^jmás  sombra  que  un  rasca- 
cielos.  (Se  les  acercan  varias  tanguistas.) 

MARG.    ¿Sois  vosotros   los   que   habéis   ganado? 

AMA.  Eso  parece. 

MARG.    Chicas,   sentarse. 

TAN.   2.a  Buenas  noches. 

AMA.    Muy  buenas. 

MAN.    (Poniéndose  las  gafas.)   ¡Pero  qué  buenísimas  ! 

AMA.  ¡Y  dale  tiza!  Si  vo  no  me  eauivoco!,  ésta  es  la  María. 

MAN.   ¿Qué  María? 

AMA.  La  hija  del  carpintero  Isidro  Gracia  ;  la  que  nos  en- 
contramos cuando  nos  metimos  en  el  pozo  por  donde  fuimos  al 
nfierno. 

MARG.  ¿No  os  acordáis  que  os  dije  que  estaba  en  un  caba- 
ret? Soy  artista  de  varietés.  Trabajo  en  la  revista.  En  la  que  ha- 
cen esta  noche. 

MAN.  ¿Y  qué  haces? 

MARG.  La  mar  de  papeles.  Cambio  de  traje  lo  menos  veinte 
veces. 

AMA.  ¿Y  aquí  cómo  te  llamas? 

MARG.   Me  llaman  la  «Frégoli». 

AMA.    ¿Por  qué? 

MARG.  Por  las  muchas  veces  que  tengo  que  desnudarme  por 
la  noche. 

MAN.  ¿Y  a  ti  cómo  te  llaman? 

TAN.  2.a  A  mí  me  llaman  «ES  Patio  de  Cristales». 

AMA.   Si  será  frágil...     . 

MARG.  La  llaman  así  porque  ha  tenido  en  un  año  veintiséis 
concejales. 

MAN.  Pues  aprobada  por  mayoría  de  votos.  ¿Y  de  dónde 
sois? 

TAN.  2.a  Yo  soy  de  Tánger. 

MAN.  ¡  Mira  qué  mora  ! 


TAN.  3.a  Yo  soy  de  Judea. 

MAN.  ¡Mira  qué  judía! 

TAN.  4.a  Y  nosotras  de  Las  Navas. 

MAN.   ¡Mira  que...   mira  que  monas! 

AMA.   ¿Y  aquéllas  de  aquella  mesa? 

TAN.    i.a  Aquellas  son  moras,  como  yo. 

AMA.   Pues  las  quiero  todas  para  mí. 

MARG.   ¡  Te  van  a  hacer  daño ! 

AMA.  A  rní  las  moras  nunca  me  han  hecho  daño. 

MAN.  Vaya,  sentarse  y  tomar  lo  que  queráis. 

CAM.   ¿Qué  desean? 

TAN.  4.a  A  mí  un  pepito,  un  doble  dorada,  café  con  leche  y 
dos  suizos.    ¡  Estoy  más  desgana ! 

AMA.  Pues  el  día  que  tengas  apetito  vas  a  tener  que  cenar 
con  Rosehil. 

TAN.   i.a  A  rní  un  doble  y  una  ración  de  patatas. 
.   CAM.   ¿A  la  inglesa? 

AMA.  Natural,  como  que  si  las  pide  con  bacalao,  va  a  pagar 
un  tío  suyo. 

MAN.  Y  qué,  ¿estáis  contentas  en  esta  casa?  '    , 

TAN.   2.a  Se  saca  poco. 

TAN.   i.a  Nos  dan  diez  pesetas  y  los  corchos. 

MAN.   ¿Y  para  qué  queréis  los  corchos? 

TAN.    i.a  Pues  gracias  a  los  corchos  vamos  saliendo  a  flote. 

MAN.   Pues  no  lo  entiendo. 

TAN.  2.a  Es  que  de  cada  botella  que  hacemos  descorchar  nos 
dan  el  diez  por  ciento. 

AMA.    ¿Y  descorcháis  muchas? 

TAN.  2.a  Hay  días  de  dos  docenas. 

AMA.  ¿Pero  vosotras  de  qué  estáis:  de  tanguistas  o  de  saca- 
corchos ? 

TAN.  i.a  Pues  si  no  fuera  por  eso,  hay  noches  que  nos  que- 
daríamos  a  oscuras. 

MAN.    ¿A   oscuras   con   tanto  tapón? 

AMA.   ¿Y  tú  no  me  querrías  a  mí  por  novio? 

TAN.   i.a  Ni  hablar  de  eso.' 

MAN.   ¿Y  tú  a  mí? 

TAN.   2.a  Yo  pico  más   alto. 

MAN.   Por  mí  como  si  picas  desde  la  andanada. 

MAIT.  (Avanzando. )  Señores,  mientras  comienza  la  partida 
de  ruleta,  voy  a  tener  el  gusto  de  presentaros  un  pintoresco  núme- 
ro  argentin©.    ¡  Atención !    La   Gauchada.    Tango. 

MAN.  A  mí  esto  del  tango  no  me  va.  Vamos  a  ver  si  hay  val- 
depeñas en  el  Bar  Americano.  (Hacen  mutis  tos  dos.) 


%% 


W 


MÚSICA 

(Aparecen  varias   segundas    tiples   vestidas    de   gauchos   y   gau- 
chas, que  bailan,  mientras  la  Pampera  canta  el  siguiente  número.) 


PAM. 

Yo  nací  en  la  Argentina, 

TODOS. 

¡  ¡  Ohé  !  ! 

PAM. 

La  pampa  me  vio  nacer  ; 

hija  soy  de  una  china, 

TODOS. 

¡¡Che!!, 

PAM. 

y  un  gaucho  mi  padre  fué. 

A  áa  pampa  llegó 

quien  de   amores  me  habló. 

Sus  palabras  escuché, 

con  él  me  llevó, 

la  pampa  dejé. 

TODOS. 

La  pampa  dejó, 

en  pos  del  amor  se  fué, 

y  ya  no  logró 

de  nuevo  volver. 

PAM. 

Mi  cariño  yo  le  entregué  ; 

con  él  mi  vida 

quise  siempre  unir  ; 

pero  el  hombre  que  yo  adoré 

con  sus  desvíos 

ha  roto  ya  mi  vivir  ; 

sola  ya  en  el  mundo  me  vi  ; 

ahora,  con  profundo  dolor 

pienso  que  las  pampas  dejé 

para  ser  flor  de  ((cabaret». 

(Al  estribillo.) 

LUC.  (Entrando  muy  cabizbajo,  de  abrigo  y  sombrero  de  copa.) 
Nada.  No  los  encuentro.  Y  los  estoy  buscando  desde  anoche,  que 
salí  del  infierno.  Me  han  robado  1a  mujer,  me  han  robado  las  ga- 
fas... ;  'tengo  un  disgusto...  Voy  a  ver  si  me  dan  algo  de  comer, 
porque  estoy  débilísimo.  Al  salir  del  infierno,  Pedro  Botero  me 
hizo  comerme  a  la  fuerza  un  huevo  duro.  ¡  A  quien  se  le  diga  que 
estoy  desde  anoche  con  un  huevo  duro  no  lo  cree ! 

CAM.   (Acercándose.)  ¿Qué  desea  tomar? 

LUC.  Un  bistek'  con  patatas  y  una  botella  de  agua  de  Cabrei- 
roá.  (El  Camarero  se  retira.)  Los  he  buscado  por  todos  los  cines, 
por  todas  las  fondas,  por  todos  los  cabarets...  ¡Y  he  visto  una  de 
cosas!...  Vamos,  que  estoy  avergonzado.  En  mi  vida  consentiría 
yo  eso  en  el  infierno.  ¡  Pero  qué  poca  vergüenza  hay  en  la  tierra ! 
i  Qué  señoras  !  ¡  Y  cómo  van  !  Al  entrar  aquí  he  visto  una  con  un 

a3 


TAI 


0- 

U' 
TA 
U 
Tí 
M 

ion 

V 

II 

L 
1 

I 


descote  que  la  pueden  operar  de  apendicitis  sin  desabrocharla 
vestido.    Si  estuvieran  aquí...    Indagaré.    (Volviéndose  a  la  me 
donde  están  las  tanguistas.)  Buenas  noches,  virtuosas  jovencit? 

TANS.    (Levantándose   como   rayos   y   sentándose   todas   en 
mesa  de  Lucifer.)  Buenas  noches. 

MARG.  ¿Qué  hace  usted  aquí  tarPsolo? 

LUC.  Me  estoy  cabreiroando. 

TAN.   i.a  Vamos  a  hacerle  a  usted  compañía. 

LUC.  ¡Demonio,  qué  finas  ! 

TAN.   i.a  Nosotras  somos  muy  finas  y  muy  educadas. 

TAN.  2.a  Como  manda  Dios. 

LUC.   (Dando  un  salto.)  ¡  Ah  ! 

MARG.  ¡  Rediez,  qué  susto  ! 

LUC.  No  es  nada.  Es  que  padezco  ataques  nerviosos,  y  clar< 
de  vez  en  cuando...,  salto. 

TAN.  2.a  ¡  Ave  María  Purísima  !  - 

LUC.   (Dando  otro  salto.)  ¡  ¡  Ah  1  ! 

MARG.  ¿Otra  vez? 

LUC.  Sí...,  otro  salto. 

CAM.  (Después  de  servir  a  Lucifer.)  ¿Ustedes  toman  algo? 

MARG.  Trae  champagne  para  todas  y  una  fuente  de  ostras 
(Lucifer,  que  traía  el  rabo  sujeto  a  la  cintura  y  oculto  por  el  ga1 
bán,  al  sentarse  lo  lia  dejado  caer  al  suelo,  y  el  Camarero,  al  pa 
sar,  lo  pisa.) 

LUC.  ¡Ayl 

MARG.  ¿Otra  vez  el  ataque? 

LUC.  No  ;  ahora  es  que  me  ha  pisado  ese  elefante. 

TAN.  2.a  ¿Algún  callo? 

LUC.  No,  señorita  ;  el  rabo. 

MARG.  ¿  El  rabo  ?  ¡  Qué  tío  grosero  ! 

LUC.  Y  díganme  ustedes:  ¿han  visto  por  casualidad  dos  hom 
bres  medianamente  trajeados  con  una  señora  con  cuernos? 

MARG.  ¿Una  señora  con  cuernos? 

TAN.  2.a  Habrá  tantas. 

LUC.  No,  no...  ;  éstos  de  que  yo  hablo  se  ven  a  simple  vista. 

TAN.  i.a  ]  Qué  gracioso! 

MARG.  ¡  Este  tío  es  el  demonio  ! 

LUC.  ¿En  qué  me  lo  ha  conocido  usted? 

MARG.  Nada,  que  es  el  único  para  una  juerga. 

LUC.  Soy  el  demonio  ;  pero  en  la  tierra  creí  que  pasaría  des 
apercibido. 

TAN.  4.a  (A  las  otras.)  ¡Bueno,  tiene  una  tajá!... 

MARG.  Como  para  dormir  tres  días  seguidos. 

TAN.  2.a  Pues  aprovéchate,  y  no  seas  tonta. 

MARG.  Tienes  razón.  Voy  a  ver  cómo  tiene  la  cartera.  Entre- 
tente tú  mientras. 

24 


TAN.    2.a   ¿De    modo    que   decía    usted    que   una   señora    con 
íifí  iernos  ? 
¡i,,     LUC.  Justo. 
ii       TAN.  2.a  Pues  sí,  señor  ;  aquí  ha  estado. 

LUC.  ¡Por  fin!  ¿Y  dónde  están,  dónde  están? 

TAN.  2.a  Verá  usted... 

MARG.   (Que  ha  logrado  quitarle  la  cartera  a  Lucifer.)  Ya  la 
esqué.  Y  que  está  bien  repleta. 

LUC.  Eso  es.  Una  mujer  morena,  agraciada,  algo  llenita. 

MARG.   (Mirando  la  cartera.)  Llenita  del  todo,  sí,  señor.   (Se 
i  guarda.) 

LUC.  ¿La  ha  visto  usted  bien? 

MARG.  La  eché  una  ojeada  ;  pero  luego  la  veré  del  todo... 
r.       LUC.   Pero  ¿piensa  usted  verla?   Díganme,  díganme  dónde... 
Echándose   -mano   al   bolsillo   de   la   cartera.)   Yo   las  daré  a   us- 
edes... 

MARG.   (Sujetándole  la  mano.)  ]No!... 

TAN.   2.a  ¡  De  ninguna  manera  !    ¡  No  faltaba  más  ! 

MARG.   No  queremos  gratificación  ninguna. 

LUC.  Pero  si  es  que... 

MARG.  Vaya,  o  deja  usted  quieta  esa  mano,  o  nos  da  usted 
;|iin  disgusto. 

LUC.  ¡  Qué  muchachas  más  finas!  Si  quedase  citado  para  lue- 
%o  con  una...  (A  la  Tanguista  4.*)  ¿Podía  usted  esperarme  den- 
:ro  de  una  hora? 

TAN.  4.a  Donde  usted  quiera. 

LUC.  Pues  en  la  esquina  de  la  calle. 

TAN.  4.a  Pues  hasta  dentro  de  una  hora. 

MARG.   (A  la  Tanguista  4.a)  Pero  ¿qué  haces? 

TAN.  4.a  También   tengo  yo  derecho  a  sacarle  ío  que  pueda. 

MARG.  Pues  me  parece  que  vas  a  sacar  muy  poca  cosa. 

TAN.  2.a  (A  Lucifer.)  Nosotras;  con  su  permiso,  nos  reti- 
ramos. 

MARG.  Usted  espere  aquí,  que  no  tardará  en  venir  la  per- 
sona que  busca. 

LUC.  ¿Cree  usted?... 

MARG.  No  se  mueva,  y  aguarde,  que  en  seguida  volveremos. 
(Margot  y  las  Tanguistas  hacen  mutis.) 

LUC.  '.Esperaré  lo  que  sea  preciso.  (Salen  Manolo.  Amadeo  y 
Salamandra.) 

AMA.   ¿Lo  ves,  Manolo? 

SAL.   ¿Qué  ha  ocurrido? 

AMA.  Este,  que  se  ha  empeñado  en  jugar,  y  lo  ha  perdió 
casi  to. 

SAL.  No  importa..  Mañana  tendremos  más  dinero,  y  por  mu- 
cho que  gastemos  hoy,  vo  tengo  bastante  en  el  bolsillo. 


MAN.   (Apante.)  Que  se  cree  ella  eso. 

SAL.   Y  vamonos  ya  de  aquí,  porque  nos  esperan  la   Ira  y  1 
Envidia. 

MAN.    Dejadme  que  pague  arates  en  esa.  mesa,   donde  qued 
a  deber  un  piquillo. 

AMA.  Oye,   tú,  que  hay  sentao  un  caballero.   " 

MAN.   Hombre,  me  gusta.  ¿Veo  que  la  mesa  está  servida  y 
apodera   de  ella?   Ahora  verás  tú.    (Acercándose  a   Lucifer.)   Ca 
ballero... 

LUC.  ¿Quién?  ¡Ara!   ¡Salamandra! 

SAL.   ¡  Mii  marido  ! 

MAN.  ¡El  demonio! 

LUC.   ¡  Os  abraso  vivos  ! 

AMA.  Sujetadle. 

CAM1.    (Suj&latvdo  a  Lucifer.)   Aquí  no  arme  usted  escándalos 

MAN.    (En  la  puerta.)  ¡  Guardias  !    ¡  Guardias  ! 

LUC.  ¡  Suélteme  usted  o  lo  elimino  !  (Se  suelta  del  camarero. _ 

MAL  ¡  Cogedle,  que  se  va  sin  pagar !  (Entran  por  el  foro  nr 
Policía  y   dos   Guardias.) 

POL.   ¡  Alto  a  autordad  ! 

SAL.  (A  Manolo  y  a  Amadeo.)  Escapemos  nosotros.  (Hacen  e 
mutis  los  tres  por  el  foro.) 

POL.   ¿Qué  sucede? 

MAI.  Ese  caballero,  que  ha  armado  un  escándalo  para  mar- 
charse sin  pagar. 

POL.   ¿Quién  es 'usted? 

LUC.  ¡  El  demonio. 

POL.  Bueno,  tiene  usted  una  mona,  como  para  meterla  era  una 
jaula.  Guardias,  llévenle  a  que  la  duerma  en  la  Comisaría. 

CAMl   Bueno ;   ¿  pero  y  la  cuenta  ? 

POL.  Abone  lo  que  deba. 

LUC.  Sí,  señor,  abonaré  lo  que  usted  quiera.  (Notando  la  fal- 
ta de  la  cartera.)  ¿Eh?...  ¿Pero  qué  es  esto?...  ¡Mi  cartera!... 
¡Me   han   robado  la  cartera!... 

POL.  ¡  Ah,  vamos!...  Conozco  el  truco.  Es  el  viejo  procedi- 
miento de  los  que  quieren  comer  gratis.  ¡A  la  Comisaría! 

LUC.   Pero... 

POL.  Y  ai  resiste,  átele  codo  con  codo. 

LUC.  ¿A  mí?  ¿Atarme  a  mí?  Ya  nos  veremos  las  caras  en  el 
infierno. 

POL.  Bueno,  tiene  una  toquilla  que  más  que  una  taquilla  es 
un  felpudo.  (Los  guardias  se  apoderar,)  de  Lucifer \  y  aunque  él  se 
resisten,,  acaban  llevándoselo  por  el  foro.) 

LUC.  (Haciendo  mutis.)  El  infierno,  comparado  con  esto,  es 
una  Benéfica  Kermesse...   (Se  oyen  gritos  dentro.) 

CAM.  ¿Qué  son  eso»  gritos? 


PO 


po 


PC 


MAI.    Los  pollos  que   vienen  al   Bar  Americano  cora  la  pode- 
;a. 
CAM.  ¡  Ah,  sí !   Los  pollos  tablas. 


MÚSICA 


APOLLO  i.° 

Uí; 


ioy 


Ya    la  cogí  ; 

ya  la   agarré. 
POLLOS.  Qué  tabla  hemos  pescado 

en  el  cabaret. 
POLLO  i.°  Ya  la  cogí; 

¡  ay,  qué  tabión  ! 
POLLOS:  Yo  traigo   una  tqq,uilla 

que  es    un  edredón 

de  vino  tinto   con  sifón  ; 

qué  borrachera  hemos  pescao  ; 

a  usted  le  veo  duplica©. 
POLLO  i.°  Ya    la    cogí; 

¡  ay,  qué  tablón  ! 
TODOS.  Yo  traigo  una  merluza 

que  es  un   tiburón. 
POLLO  i.°         Pollo  tabla,   te  diviertes 

cuando  coges  el  tab'ón, 

y  si  soplas,  todos  dicen  : 

<(Este  pollo  es  un  soplón»  ; 

pollo  tabla,  ten  cuidado 

no  te  pegues  un  traspiés, 

que  te  pones,  si  lo  pegas, 

las   narices  al   revés. 
)DOS.  Pollo  tabla,   te  diviertes 

cuando  coges   el  tablón. 
NIÑO.  (Saliendo  vestida  de  frac  y  simulando  una  gran  borrachera.) 

Y  si  soplas,   todos  dicen  : 

((Ese  pollo  es  un  sop'ón». 
(Al  estribillo.   Mutis  y  mutación.) 


CUADRO    QUINTO 


((POR    FUMAR     EN    PIPA» 


Fantástico  fumadero  de  opio.  Las  fumadoras,  de  diferenítes  países, 
echan  al  aire  los  humos  de  los  depósitos  de  opio,  sentadas  las 
unas  en  .almohadones  en  el  sue.o,  acostadas  las  otras  en  hamacas 
que  se  mecen  en  suave  vaivén.  Entre  ellas  están  Keiy  Kytte  y 
Silvia.  María,   la  tanguista  del  primer  cuadro,   está  también. 


«7 


HABLADO 

Entran   Manolo  y   Amadeo. 

MAN.  Aquí  nos  dijo  la  Pereza  que  al  entrar  veríamos  uno  tí 
¡os  lugares  más  típicos  de  su  negociado. 

AMA.  Y  tenía  razón,,  porque  no  hay  una  sola  que  no  esté  acoí 
tada. 

MAN.  También  nos  dijo  la  Lujuria  que  aquí  tenía  un  pape 
principad. 

AMA.  Ya  lo  veremos  luego. 
MAN.    Bueno,    perezosas    señoritas,    hágannos    ei    obsequio    d 
decirnos  ande  nos  encontramos. 

AMA.  Conque  expliqúense  las  dormilonas. 
MAR.  (Avanzando.)  Estáis  en  ei  Paraíso  Artificial. 
AMA.   Oye,  tú.  Que  estamos  en  el  Paraíso. 
MAN.    Menos  nial,   porque  lo  que  qs  para  ir  a  butacas  no  ve 
nimos  Vestidos. 

AMA.   ¡  Y  dale  tiza !    Si  también  está  aquí  la  María. 
MAN.    Es   verdad... 

MAR.  Ya  os  dije  que  estaba  en  el  Paraíso  Artificial. 
MAN.   ¿Y  aquí  qué  se  hace? 
MAR.   Fumar  opio.   ¿Queréis  un  poco? 
AMA.  ¿Y  cómo  están  toas  esas  acostás? 
'MAN.   {Poniéndose   las  gafas.)  Están   que  dan  el  opio.   Y  & 
má  ya  one  lo  han  dao,  porque  fíjate  en  esa  morucha. 
iMAR.  Está  (borracha  de  tanto  fumar. 
iMAN.  ¿Y  de  dónde  es? 
MAR.  De  Hungría. 

AMA.   ¡  Húngara  tenía  que  ser  para  tener  esa  mona ! 
MAR.  Eas  hay  de   todos   los  países :    inglesas,   griegas,    tur- 
cas, alemanas... 

AMA.   ¿A  ti  qué  te  parece? 

MAN.  A  mí  que  me  traigan  una  chica  alemana,  que  luego 
cogeré  la  turca. 

(MAR.  {Presentándole  a  Kety  Kytte.)  ¿No  te  gusta  esa  in- 
glesa ? 

MAN.  Ya  lo  creo  que  me  gusta.  ¿Cómo  te  llamas? 

KETY.  Kety  Kytte. 

AMA.  ¿Cómo? 

iMAN.  Que  te  quites  y  la  dejes  pasar. 

iMAR.  ¿Quieres  acaso  una  de  Siberia?  Pues  aquélla  es  sibe- 
riana. 

AMA.   Será  Severa  ana. 

MAR.  Siberiana.  *'.'".-'■'■ 

23 


AN.  Cómo   se  conoce  que   no  hablan  castellano.    ¿Y   ésta 

de  es? 
AR.  Romana. 
MA.  ¿Quién  ha  dicho  que  es? 

«AAN.   Una  a  quien  la  llaman  la  Romana. 
jí'LIV.  Es  que  he  nacido  eh  Roma. 

**N.    ¿Será  nnusolinista  ?    (Poniéndose    la,s   gafas,)    Pues   la 
,amisa  no  la  lleva  negra. 

LIV.   Soy  de  ¡la  tierra  de  las   siete  colinas,  de  las  columnas 
el  foro,  del  Capitolio  y  del  anfiteatro. 

MAN.  Ya,  ya  veo  las  colinas  per  arriba  y  por  abajo  las  co- 
amnas.  ¡Ay,  Amadeo! 

SAL.  ¿Qué  te  ocurre? 

MAN.   Que  me  parece  que  veo  el  Capitolio. 

AMA.   ¿Y  el  anfiteatro? 

MAN.   Menuda  delantera ! 
.    L1V.    Pues  todo  eilo   es   natural.    Natural  el  pelo,    natural   la 
:ara,  natural  el  sonrosado  del  cuello,  natural... 

MAN.   Basta,  que  lo  de  más  abajo  no  puede  ser  natural. 

LIV.  ¿Por  qué? 
I    MAN.   Porque  es  de  pecho. 

AMA.  ¿Y  tienes  novio? 

LIV.  El  rey  del  alamibre. 

AMA.  ¿Un  artista  de  circo? 

•LIV.    Un   multimillonario. 

MAN.  ¿Y  no  me  cambiarías  per  ese  rey? 

LIV.  A  imí  me  gustan  .mucho  los  españoles. 

MAN.   Sabes  que  no  está  pesa  ftá  romana... 

LIV.   Si  me  quisiera  un  español  me  /volvería  loca. 

AMA.  Y  si  no  te  gusta  alguno  de  sus  gestos,  loquita. 

MAN.  ¿Cómo? 

AMA.   Lo  quita  y  pone  otro,  porque  ella   no  está  aquí  más 
que  para  servirnos. 

MAN.   Pero,   a   todo  esto,   ¿dónde  están   doña   Salamandra   y 
doña  Secretaria? 

MAR.  Se  han  quedado  en  otro  salón  fumando  opio. 

AMA.  Y  eso  de  fumar  opio,  ¿está  toueno? 

MAR.  Superior.  ¿Queréis  probarlo? 

MAN.  Por  mí  no  hay  inconveniente. 

LIV.  Sentaos  aquí  y  fumad,  que  soñaréis  cosas  deliciosas. 

MAR.    (Llamando.)   ¡A  ver!    Dos  pipas   para  éstos.    (Manolo-^ 
y  Amadeo  se  miran  asustados.) 

MAN.   ¡Oye,  Amadeo!    ¿Qué  es   lo  que  ha  pedio? 

AMA.  Tú,  chupa  y  calla. 

MAN.   Es  que  estoy  hecho  un  taco.  "  - 

29 


AMA.  ¡  Y  dale  tiza !  (Unas  mujeres  saúan  las  pipas  de  o 
y  ellos  s¡e  disponen  a  fumar,  cogiendo  la  larga  gormí  del  apara 

MAN.  Ten  cuidao,  Amadeo,  que  nos  van  a  enchufar  el  ga¡ 

AMA.  ¡  Menudo  biberón  I 

MAR.  Callemos,  y  soñemos. 

AMA.   Como  no  me   canten    una   nana,   Jo   veo   muy   difí 
¿Y  tú,  te  duermes? 

MAN.   Yo  que  voy  a  dormir,  si  con  tanta  mujer  estoy  m¡ 
desvelao  que  una  lamparilla. 

AMA.  Pues  yo  no  sé  qué  siento;  pero  me  parece  que  me  ¡m 
oho  de  la  tierra  y  que  subo...,  que  subo...,  ¡que  me  voy,  Manol 

MAN.    Oye,    oye,.    Si    te   vas,   déjame   algún   dinero,    que 
no  quiero  compromisos. 

AMA.  Manolo,  que  me  duermo... 

MAN.  Y  yo  también.  Qué  bien  sabe  esto ;  parece  un  car  ame 

MAN.  Un  caramelo  de  los  Alpes. 

AMA.   i  Los  -Alpes!   Ya  veo   sus  montañas  nevadas.   ¡Qué 
mujeres  !   ¡  Y  que  son  de  abrigo  ! 

MAN.  ,¡  Fiíj'ate  en  la  nieve ! 

AMA.    Y  parece  que  bailan.    ¿Qué  es?   ¿El  oharlestón?   ¿i 
paso  del  camello? 

MAN.   No  ;  es  un  baile  nuevo  :   él  paso  de  los  Alpes. 

MUTACIÓN    EN    OBSCURO 


I: 


CUADRO    SEXTO 
«El    paso    de    los    Alpes.» 

Un  telón  corto  representando  un  paisaje  nevado. 

Por  butacas  entran  las  Alpinistas,  vestidas  de  pieles  blancas 
con  unos  pequeños  «skeis»  por  zapatos  y  regatones  en  las  ma 
nos.  Bailan,  según  avanzan,  sobre  una  esterilla  de  madera.  E¿ 
el  escenario  aparecen  vestidos  lo  mismo  y  bailando  sobre  otr¿ 
esterilla  larga,  atados  por  una  larga  cuerda,  Salamandra,  la  Se- 
cretaria y  Manolo.  De  no  poder  hacer  este  número  Manolo,  por- 
que no  supiera  bailar  el  actor  que  lo  represente,  o  porque  no  le 
diera  tiempo  a  vestirse,  bailarán  solamente  Salamandra  y  la  Se- 
cretaria. En  Madrid  lo  bailó  el  señor  Bori,  que  ya  sabemos  que, 
además  de  ser  un  buenfsimo  actor,  es  un  formidable  bailarín. 
Nuestro  agradecimiento  será  matusalénico.  Y  sigamos  con  el 
número  ;  de  pronto,  de  las  crestecillas  de  las  montañas  y  de  los 
caminitos,    van    saliendo    Alpinistas,    que    bailan. 

30 


CANTABLE 

;'-:  Salamandra,  Secretaria,   Manolo  y  tiples  segundas. 

JAN.  Este  paso  de  los  Alpes 

es  un  baile  colosal. 
fif.i:  Se  baila  en  Washington, 

Pekín,    Londón  y   Alcorcón, 
•  i  guá     guá,    guá 1 

Este  paso  de  los  Alpes 
i,  es  un  baile  colosal  ; 

:.C  lo  inventó  un  explorador  que  fué 

e  saxofón  en  Ciudad  Real. 

lAy! 
(Todos  repiten.  Al  terminar  el  número  vuelve  a  hacerse  el  obs- 
'é'Airo  y  aparece  otra  vez  el  fumadero  de  opio.) 

\  |  HABLADO 

LUC.  (Entra  por  la  derecha  hecho  una  lástima.  Trae  la  cor- 
bata deshecha,  el  cuello  desabrochado  y  la  chistera  arrugadísi- 
'-  rna.  Trae  la  cara  llena  de  golpes  y  arañazos,  y  en  una  mano 
un  maletín  abierto,  por  donde  as-oman  corbatas  y  pañuelos.) 
¡  Mi  endemoniada  madre,  qué  paliza  me  han  dado !  Apenas  me 
cogieron  aquellos  hombres  uniformados  y  aquel  señor  de  la  java, 
me  llevaron  ante  un  caballero  que  estaba  sentado  en  su  despa- 
cho y  que  me  preguntó  autoritariamente :  «¿Cómo  se  llama 
usted?»  No  hice  mas  que  contestarle  que  me  llamaba  Lucifer,  y 
mandó  que  me  diesen  a  oler  seis  litros  de  amoníaco  Yo  pro- 
testé y  me  arrearon  una  solfa...  Bueno  ;  pues  cuando  acabaron 
los  de  la  solfa,  empezó  el  de  la  java,  y  continuó  la  solfa.  ;  Y  hay 
que  ver  cómo  me  han  puesto !  No  estoy  en  la  tierra  ni  cinco 
minutos  más.  ;  Cámara  con  el  planetita !  Yo  cuento  en  los  in- 
fiernos lo  que  hacen  aquí  con  la  gente,  y  no  lo  creen.  (Viendo  a 
"Amadeo.)  Pero,  ¿qué  veo?  ¡Ellos!  ¡Ellos  aquí!  Pues  ahora 
ahora   me   las   pagan.    (Zaradeándole.)    ¡Arriba,    miserable! 

AMA.   (Despertando.)  ¿Qué  hora  es?   ¿Ha  venido  el  lechero? 
F       LITC.  ¡El  que  ha  venido  soy  yol 

AMA.   ¡Arrea!    ¿Y  Manolo? 

MAR.    ( Acercándose.)   Fué  en  busca  de  Salamandra. 

LUC.   ;  En  busca  de  mi  mujer? 

MAR.   Pero,   ¿quién  es  este  hombre? 

AMA.    ¡  Lucifer ! 
;        MAR.    ¿Lucifer? 

LUC.    ¡  Os    martirizaré,    os    sacaré    los    ojos,    os    encerraré    a 
'  cada  uno  con  un  perro  rabioso ! 

AMA.  Pues  mira,   no  es  tan   malo  como  dicen, 

31 


MAR.  ¿Por  qué? 

AMA.    Porque  nos  va  a  dejar  ciegos,  pero  nos  pone  un  perr 
al  lao  pa  que  hagamos  negocio. 

LUC.    ¡Mis    gafas!    ¡Mi    mujer!    ¿Dónde    está    Salamandra 

AMA.   ¡  Pero,  don  Lucifer  1 

SAL.  (Saliendo  seguida  de  Manolo  y  de  la  Secretaria  )  ¿Qu 
pasa? 

LUC.  Ven^  ven  aquí.  ¡  Demonia  coqueta ! 

MAN.    ¡Arrea!    ¿Dónde  hay  un  burladero? 

SAL.  ¡  Ah !  ¡  Me  insultas !  ¡  Me  insultas,  después  de  los  traf 
bajos  que  me  tomo  para  ganar  almas  para  el  infierno ! 

LUC.  ¿Cómo? 

SAL.  (A  Secretaria.)  El  metro.  Quítale  el  metro.  (La  Se 
cretaria  lo  hace  sin  que  Lucifer  se  entere.)  Al  huir  con  esto: 
hombres  no  traté  más  que  de  pervertirlos,  y  tú  mismo  acaba 
de  sorprenderlos  en  brazos  de  la  pereza. 

LUC.  ¿No  me  engañas? 

SAL.  Pregúntaselo  al  metro. 

LUC.  Tienes  razón.  (Lo  busca  en  vano.)  ¿Eh?  ¡Lo  he  peí 
dido  !    ¡  Vamonos   al   infierno,   vamonos  ! 

MAN.  Pero,  ¿cómo  se  va  usted  a  marchar  si  ha  perdido  e 
metro  ? 

AMA.  Se  irá  en  autobús. 

SAL.  Tienes  razón.  Volvamos  a  nuestro  reino  y  llevémonos 
a  estos  pecadores. 

AMA.   Pero... 

SAL.  Calla.  (Aparte.)  (Estarás  a  mi  lado  y  nos  veremos  £ 
menudo.) 

AMA.  (Aparte.)  (A  menudo  paso  me  voy  a  largar  en  cuanto 
pueda.) 

SEC.  (A  Manolo.)  Y  tú,  minino  mío,  ¿te  quieres  venir  con 
tu  gatita? 

MAN.  Yo  voy  con  mi...  felina  a  todas  partes. 

SEC   Serás  mi  diablo  y  ya  verás  las  diabluras  que  hacemos 

MAN.  Yo  seré  tu  diablo,  pero  cuidadito  con  cambiarme  el 
metro. 

LUC.  ¡  Pues  al  infierno !  Y  desde  hoy  vamos  a  vivir  como 
en  la  tierra,  porque  os  lo  voy  a  convertir  en  un  verdadero  ca- 
baret. 

SAL.  ¡  Así  se  gobierna !  Inauguremos  nuestra  nueva  vida  con 
el  baile  de  moda  :   «El  charlestón  infernal». 


APOTEOSIS 

Decoración  infernal  a  gusto  del  pintor. 

MÚSICA 

Charlestón  infernal. 
Salen  todas  las  segundas  tiples  con  trajes  a  capricho. 

SEC.  Bailemos   todos   en   los   infiernos 

SAL.  la  danza  loca  del  charlestón, 

moved  los  rabos,  moved  los  cuernos, 
•     el  caderamen  y  el   esternón. 
Es  una  danza  climatérica 
que   a   la   mujer  la   vuelve   histérica. 
Bailemos  todos,   en  los  infiernos, 
la  danza  loca  del  charlestón. 
"    Charlestón,  charlestón  infernal 
la  descoyuntaoión  de  las  extremidades 
charlestón,  lo  bailes  bien  o  mal 
harás   con    él    el    oso   en   pueblos    y    ciudades. 
TODOS.  Bailemos  todos, 

en  los  infiernosi  etc. 
(En  el  foro,   sobre  un  trono,   Lucifer  ;   a  sus  pies,   Secretaria 
Manolo,  y  detrás  Amadeo  y  Salamandra,   que  se  abrazan.   Los 
uemos  del  Diablo  crecen,  crecen,   crecen...) 


TELÓN 


TOMAS    LUCEÑO 


Es  de  vidrio  la  mujer... 


II  curioso  impertinente 


NOVELA      DE      CERVANTES,      VERSIFICADA 
Y      ADAPTADA      A      La      ESCENA 


PERSONAJES 

CAMILA 

LEONELA 

ANSELMO 

LOTARIO 

UN    EMBOZADO   (no   habla). 

La  acción  en  Florencia. — Siglo  xvn. 
35 


ACTO    ÚNICO 


CUADRO  PRIMERO 

Sala  bien  amueblada  al  estilo  florentino.  Puertas  laterales 
dos  a  cada  lado,  balcón  en  el  foro.  Cuadros,  etc.,  etc 
A  uno  de  los  lados  del  balcón  una  panoplia.   Es  de  día 

ESCENA  PRIMERA 

Anselmo   y   Leonela ;    él   sentado  en   el   sofá  o   diván,    elk 

de  pie. 

ANSELMO.  Tan  pronto  cerno  Lotario 

pise  el  umbral  de  esta  casa, 

hazle  subir,  y  le  dices 

que  no  es  preciso  que  vaya 

a  saludar  a  mi  esposa  ; 

que  luego  irá  a  visitarla, 

porque  antes  quiero  tratar 

con  él  cosas  de  importancia 

y  me  corre  prisa  el  verle. 
LEONELA.   Lo  haré,   según  me  lo  mandas, 

que  para  mí  la  obediencia 

es  obligación  sagrada. 
ANSELMO.   (Suavemente^,  sin  enfadarse.) 

Y  si  al  fin  te  decidieses 

a  no  pronunciar  palabrr 

36 


cuando  se  te  cia  una  orden, 
iueras  digna  de  alabanza ; 
que  obedecer  sin  hablar 
es  ser  perfecta  criada. 
IONELA.   Pides,   señor,   imposibles; 

pues  la  que  obedece  y  calla, 
o  es  muda  de  nacimiento, 
o  no  sabe  ser  criada. 
En  fin,  me  echaré  tres  puntos 
a  la  boca,   y  si  no  bastan, 
dando  puntos  me  estaré 
mientras  no  me  digas  :    para. 

(Aparte.    Haciendo    mutis    por 
segunda    derecha.    Anselmo    queda 
i  sentado    y    profundamente    pensa- 

tivo,,    con     La     cabeza     entre     las 
manos.) 

¿Qué  tendrá?...  Quiere  a  su  esposa; 
ella  con  pasión  le  ama, 
y  pensativo  está  siempre 
sin  que  sepamos  la  causa. 
Qué  bien  dijo  aquél  que  dijo 
que  un  misterio  es  cada  casa, 
y   cada  cerebro  un  mundo 
de  cosas  buenas  y  malas. 

.  (Vase   primera  derecha.) 

SELMO.   De  Lotario  no  más  fiarme  debo ; 

él  mi  secreto  guardará  en  su  alma, 
y  de  esta  angustia  que  mi  vida  aflige, 
sabrá  librarme  su  amistad  probada. 
Es  mi  amigo  mejor  ;  con  él  unido 
estuve  muy   feliz  desde  mi   infancia. 
La  misma  edad,  de  hacienda  semejante, 
su  bolsa  para  mí  nunca  cerrada  ; 

37 


mi  voluntad,  para  él  no  discutida, 
a  la  suya  se  vio  siempre  ajustada. 
Digno  ie  creo,  pues,  de  que  mi  pecho 
a  su  prudencia  y  nonradez  se  abra. 

LOTARÍO.     (Por  la  segunda  derecha.) 

Buenos  días,   Anselmo.   Aquí  me  tienes. 
Algo  grave  sucede,  pues  me  invitas 
a  venir  a  tu  casa  tan  temprano. 
¿Está  enferma  Camila? 

ANSELMO.   El  enfermo  soy  yo,  mí  buen  Lotario. 
La  salud  de  ti  espero...   Oye  y  medita 
después  que  brevemente  yo  te  explique 
el  dolor  que  mi  alma  mortifica. 
Amo  a  mi  esposa  con  delirio  inmenso. 
Diera  por   ella  mi   existencia  misma  ; 
Mas  yo  quiero  probar  si  es  tan  honrada 
como  mi  amor  creciente  la  imagina. 

LOTARIO.     Con  asombro  te  escucho.  En  tus  palabras 
algo  noto  que  ofende  y  horroriza. 

ANSELMO.   Prepárate  a  escuchar  del  labio  mío 

el  pensamiento  que  S.atán  me  inspira. 

(Breve  pausa.  Anselmo  mira 
ano  y  otro  lado,  y  al  jin  se  d 
cide  a  declarar  su  pensamiento 
Lotario,  aunque  previendo  la  re 
puesta  que  de  éste  ha  de  0btener 

Quiero  que  la  enamores  ; 

(Asombro  en  Lotario.) 

que  una  pasión  volcánica  la  finjas, 

que  la  asedies  constante,  y  que  con  ruegos 

y  lágrimas  que  inunden  tus  mejillas, 

la  induzcas  a  que  falte  al  juramento 

que  a  los  pies  del  altar  hiciera  un  día. 

Quiero  saber  si  es  la  virtud  que  ostenta 

duro  diamante  o  piedra  movediza. 

38 


OTARIO.    (Aterrorizado.) 

¿Que  enamore,  me  pides,  a  tu  esposa? 
¿Y  eres  tú  quien  de  mí  lo  solicita?... 
O  tú  no  eres  Anselmo, 
o  que  yo  soy  Lotario  se  te  olvida, 
pues  que  me  pides  cosas 
de  tu  nobleza  impropias  por  lo  indignas. 
¿Yo  hacerte  vil  traición?  Antes  la  muerte. 
Pide  mi  sangre,  y  a  la  hora  misma 
daga  afilada  clavaré  en  mi  pecho 
que  acabe  de  una  vez  mi  triste  vida. 
Menos  martirio  fuera,  que  ofenderte 
en  la  persona  honrada  de  Camila. 
LMO.   Pues  si  a  favor  tan  grande  te  resistes 
a  la  amistad  faltando  que  nos  liga, 
buscaré  otra  persona  que.  en  mis  planes, 

ya  que  te  niegas  tú,  dócil  me  sirva ; 

mas  corriendo  el  peligro,  si  mi  esposa 
se  rinde  al  fin,   de  quien  la  consiga 
publique  mi  deshonra,  y  todos  sepan 

que  traidora  me  ha  sido  mi  Camila. 
Mientras  que  tú,   caballeroso  y  noble, 

si  triunfaras,  .secreto  guardarías, 

y  siendo  de  los  tres  no  más  sabido, 

con  los  tres  a  la  tumba  bajaría. 

Esto  de  ti  pretende  mi  cuidado, 

esto  exige  mi  afán  de  tu  hidalguía  ; 

si  salgo  victorioso,  agradecido 

estaré  a  tu  amistad  toda  la  vida, 

y  si  Camila  desleal  me  fuese, 

sólo  a  mi  terquedad  lo  culparía. 

(Después  de  vacilar,  y  accediendo,  al  fin,  con 
marcada  pesadumbre.) 

Bien,  sí,  te  serviré.  Quiero  probarte 

la  honradez  de  Camila. 

Si  feliz  has  de  ser  de  esta  manera 

y  depende  de  mí  la  paz  que  ansias, 


ARK 
A. 

U 

LA 


al  martirio  me  presto, 
que  una  firme  amistad  a  tanto  obliga. 
CAMILA.       \(Por  la  segunda  izquierda.   Muy  amorosa 
Gracias  a  Dios,  Anselmo,  que  mis  ojos 
ven  la  luz  de  los  tuyos  tan  ansiada. 
¿Pensaste  en  mí? 
ANSELMO.   ¿Pues  no,  (bella  Camila? 

¿No  saibes,  dueño  mío,  que  mi  alma 
ante  el  altar  te  di  con  gozo  inmenso? 
¿Que  aquel  si  que  mis  labios  pronunciare 
un  poema  de  amor  no  sódo  ha  sido, 
sino  también  de  religión  cristiana? 
Cese  la  duda,  pues,   y  en  alegría 
los  pesares  se  tornen  ;  que  a  quien  ama 
no  está  mal  que  celillos  le  atormenten, 
mas  celos  no,  que  con  la  vida  acaban. 
Ya  sé  yo  que  me  quieres. 
CAMILA.       ¡(Abrazándole.)    ¡Que  te  adoro! 
LOTARIO.    ¡(Haciendo  ademán  de  irse.) 

Me  parece  que  aquí  yo  no  hago  falta. 
ANSELMO.  ¡(Deteniéndole.) 

Tente,  Lotario,  que  tu  buen  afecto 
un  favor  ha   de   hacerme. 
LOTARIO.  Ordena  y  manda 

Nuestra  amistad  me  obliga  a  obedecerte 
ANSELMO.   Que  mientras  me  dirijo  a  la  morada 
del  Notario  a  firmar  las  escrituras 
de  Ja  venta  del  huerto,  tú  xüstraigas 
con  tu  ingenio  a  Camila...  De  ese  modo 
ha  de  serle  mi  ausencia  menos  ¡larga. 
CAMILA.       ¡(Con  pena.) 

¿Otra  vez  a  salir,   Anselmo  amado? 
ANSELMO.   Mi   salida,   Camila,   es  necesaria. 
Mejor  dicho,   forzosa..., 
que  nuestros  intereses  lo  reclaman- 
CAMILA.        ¡Ten  piedad! 
ANSELMO.   Las  escrituras  firmo, 


111 


'A 


tomo  ei  dinero  y  parto  para  casa... 

¿Qué  más  quieres  si  al  lado  tuyo  vuelvo, 

no  sólo  con  amor,   sino  con  plata? 

Sí  Camila  consiente... 

\(Con  resignación.)    Sea,   puesto   (A   Anselmo.) 

que  eres  el  amo,  y  como  tal  manda». 

Dame   los  brazos... 

Ellos  te  reciban 

pronto  de  nuevo  ;  con  presteza   tanta. 

que  este  abrazo  de  ida  se  confunda 

con  ed  de  vuelta  que  mi  amor  demanda. 

\(Vase  Anselmo  por  el  foro.  Ca- 
mila le  acompaña,  y  cuando  éste 
se  ha  ausentado,  Camila  -  figura 
que  le  despide,  agitando  el  pa- 
ñuelo.) 

¡(Bajando  al  proscenio,  donde  quedó  Lotario.) 
Extraña  se  me  antoja  esta  salida... 
No  lo  creas,  Camila,  no  es  extraña, 
ni  tampoco  lo  es  que  tú  padezcas 
cuando  Ansdlmo  se  ausenta  de  su  casa. 
Los  esposos  recientes,  son  celosos, 
viendo  visiones  da  existencia  pasan  ; 
a  cada  instante  créense  burlados, 
y  todo  es  inquietud,  zozobra,  alarma. 
Pero  transcurren  luego  algunos  años, 
las  ilusiones  de  su  punto  bajan, 
y  queda  solamente  un  amor  suave, 
una  tranquila  y  reposada  calma, 
un...   así  como  dulce  aburrimiento... 
1ILA.       Con  nosotros  no  rezan  esas  prácticas, 

que  a  mi  amor  y  al  de  Anselmo  no  le  vencen 
tiranías  del  tiempo  ni  asechanzas. 
TARIO.     Así  lo  creo  yo,  Camila  hermosa, 
y  no  veas  jamás  en  mis  palabras 
intención  que  te  dañe  o  que  te  ofenda, 

41 


CAMILA. 


LOTARIO. 


CAMILA. 


LOTARIO. 
CAMILA. 

LOTARIO. 
CAMILA. 


LOTARIO. 


que  eres  discreta,  estás  enamorada 

y  sabrás  conservar  de  tu  'marido 

la  ardorosa  pasión  con  que  te  ama. 

Esto  la  dicha  vuestra  irá  labrando, 

y  la  mía  también,  que  al  ser  tan  santa 

la  amistad  que  por  ti  y  Anselmo  siento, 

es  natural  que  vuestras  bienandanzas 

a  mí  llegan  también,  como  las  máas 

por  vosotros  serán  muy  celebradas. 

Bien  lo  puedes  decir...   Y  escucha  atonto 

¿Por  qué  no  nos  imitas  y  te  casas? 

Hay  en  Florencia  jóvenes  doncellas 

de  belleza  tan  pura  y  extremada 

que  el  pincel  de  Murillo  las  escoge 

para  pintar  imágenes  sagradas. 

Eso  tengo  que  hacer,  que  ya  mi  vida 

otra  será,  pues  la  de  Anselmo  cambia. 

Hoy  de  su  lado  separarme  debo, 

porque  no  le  está  bien  a  una  casada 

que  atenciones  y  afectos  del  marido 

con  otro  ser  extraño  los  comparta. 

La  amistad  y  el  amor  no  se  entorpecen, 

los  dos  afectos  caben  en  un  alma 

que  Dios  grande  la  hizo,  para  eso, 

para  que  ambos  en  ella  se  alojaran. 

¿Y  la  murmuración? 

Con  el  despre«i« 
la  puede  contener  la  que  es  honrada. 
¿Y  la  calumnia? 

A   Cristo   calumniaron, 
y  en  Jos  cielos  entró  limpio  de  mancha. 
Sobre  todo,  Lotario,  tu  conciencia, 
¿qué  te  dice? 

Que  deje  esta  morada 
antes  de  envenenar  el  puro  ambiente 
de  virtud,  de  cariño  y  de  constancia... 
Adiós,  pues... 


AMILA.        (Deteniéndole. )   Eso,  no,  buen  Lotario. 
Espera  a  que  mi  'esposo  vuelva  a  casa 
para  que  le  refieras  los  temores 
que  a  tu  apocado  espíritu  le  asaltan  ; 
pues  si  viene  y  no  estás  creer  pudiera 
que  de  tu  decisión  era  yo  causa... 
Adiós,   Lotario,   que  venturas  goces... 

OTARIO.     Para  ti  las  deseo  bien  colmadas. 

(Vo.se  Camila  segunda  izquierda.) 

NSELMO.   '(Por  segunda  derecha,  con  inoevtidumbre.  ) 
Lotario,  aquí  me  tienes,  no  he  podido 
dominar  mi   inquietud,   ni   mi  tristeza. 
¿La  campaña  empezaste  decididor? 

©TARI©.     No  vi  jamás  tan  dura  fortaleza. 

Dígote  que  me  abraces,   en  albricias. 
No  hay  mujer  en  el  mundo  más  honrada. 
A  ti  consagrar  quiere  sus  caricias, 
sin  ti  ila  váida  no  (le  importa  nada. 

NSELMO.   ¿Pero  basta  una  sola  conferencia? 

¿A  más  pruebas  no  quieres  sujetarla? 

OTARIO.     Excusado  lo  creo  en  mi   conciencia... 
No  he  podido  con  ruegos  ablandaría. 
La  fingí  una  pasión,  inmensa,  ardiente, 
la  ofrecí  mis  riquezas,  joyas,  trajes. 
A  todo  se  ha  mostrado  indiferente. 
Sól«  me  habló  de  infamias  y  de  ultrajes 
a  tu  honor  y  al  <de  ella,  siempre  puras. 
Me  llamó  mal  amigo,  mal  cristiane, 
de  pensamientos  viles  y  perjuros, 
que  solamente  abriga  el  que  es  villano. 
Con  altivez  romana,  gritó  airada, 
con  furor  de  pantera  embravecida 
cuando  ve  que  sus  hijos  le  han  robado 
de  su  oscura  y  reeóndita  guarida, 
salió  de  aquí,  dejándome  corrido 
gn  imeífíio  3©1  desprecio  y  la  vergüenza. 


43 


¿Qué  más  pides  de  mí?...  Ya  lo  has  ofdo... 

No  la  he  vencido  yo,  ni  hay  quien  la  venza. 
ANSELMO.  / Reposadamente.)    ¿Te   llamó   mal    amigo? 
LOTARTO.     Sí,  lo  digo 

y  lo  aseguro. 
ANSELMO.    (Con  tristeza. )  ¡  Con  razón  entera  ! 
LOTARTO.    '(Sorprendido. ) 

¿Que  hizo  bien  en  llamarme  mal  amigo? 

y; No  me  mandaste  tú  que  lo  fingiera? 
ANSELMO.  Y  yo  con  pena,  pues  de  ti  ya  dudo  ; 

que  me  eres  desleal  a  todo,  añado. 

Ves  que  anheloso  a  tu  amistad  acudo, 

v  me   encañas,    hipócrita  y  taimado. 
L OTARIO.     Mira  qué  dices...   Mi   amistad  consiente 

de  amigos,  veleidades  ;  mas  110  afrentas... 

Y  ese  insulto,  jamás. 
ANSELMO.  '(Con  reposo.)  Latan  o.  tente, 

y  con  prudente  calma  echemos  cuentas. 
Este  papel  muy  mal  lie  has  estudiado, 

V  no  me  extraño  de  que  mal  flo  hagas. 
Ensáyalo  otra  vez  con  cuidado, 

y  puede  ser  que  así  me  satisfagas. 

(Va  a  interrumpirle    Lotario, 
Anselmo   no-  le  deja.) 

Sin  que  me  vieras  tú,  en  ese  aposento, 
de  todo  me  enteré,  curioso  y  triste, 
y  pude  ver  que  ni  por  un  momento 
una  frase  de  amor  la  dirigiste. 
LOTARIO.     (No  piidiendo  contenerse. ) 

Ya  mi  paciencia  término  ha  tenido  ; 

si  hoy  fué  la  boca  mía  mentirosa 

(la  palabra  me  quema),   sólo  ha  sido 

por  no  ultrajar  tu  honor,  ñí  el  de  tu  esposa. 

Mas  te  juro  por  Dios,  puesto  que  insistes, 

curioso  impertinente,  necio  y  icio 

en  probar  la  virtud  de  la  que  hiciste 

44 


señora  de  tu  vida  y  tu  aibedrío, 

man/dando  que  yo  sea  el  instrumento 

de  la  infidelidad  que  solicitas, 

que  hoy  mismo  dejo  todo  fingimiento 

y  empiezo  la  traición  a  que  me  invitas. 

Entro  en  Ja  lucha  en  malas  condiciones, 

porque  aun  ganando  pierdo  fijamente. 

¿Quieres  saber,  Anselmo,  a  qué  te  expones?" 

Escucha  atentamente. 

Si  es  mío  el  triunfo,  quedas  ultrajado, 

deshonrada  Camila  y  yo  lo  mismo, 

puesto  que  fui  el   traidor  desventurado... 

¡  'El  honor  de  los  tres  en  el  abismo  ! 

Si  triunfas  tú,  Camila,  vencedora, 

de  mí  «e  ha  de  burilar,  y  vendrá  un  día 

recordando  mi  acción  vil  y  traidora 

en  que  tu  ingenuidad  de  mí  se  ría... 

En  fin,  aunque  conformes  no  marchemos, 

y  tu  curiosidad  no  se  remedia, 

el  telón  descorramos 

v  demos  ya  principio  a  la  tragedia. 

A.NSELMO.   De  la  ciudad  me  ausento...  Tú,  entretanto, 
di  a  Camila  que  vuelvo  prontamente, 
que  por  no  presenciar  su  triste  llanto 
no  extrañe  que  sin  verla  yo  me  ausente. 
Y  tú,  cuya  lealtad  a  nada  iguala, 
que  eres  espejo  de  hombres  bien  nacidos, 
dame  un  abrazo,  y  mira  cómo  exhala 
de  gratitud  mi  pecho  hondos1  latidos. 

LOTARIO.  Y  tú,  cuya  insistencia  es  ya  enojosa, 
pídele  a  Dios,  en  oración  ferviente, 
no  logremos  que  llegue  a  ser  famosa 
la  historia  de  El  curioso  impertinente. 

(Se  abrazan,  y  Anselmo  vas 8 
por  segunda  derecha,  donde  1$ 
despide  Lotario.) 

45 


CUADRO   SEGUNDO 


La  misma   decoración.    Desde   el   cuadro  primero  ha   trans- 
currido  una   semana.    Está   amaneciendo. 

LOTARIO.    (Entra  sigilosamente  por  segunda  derecha.) 
Ni  duermo,  ni  descanso.  Ya  esta  vida, 
más  que  del  cielo  un  don,   es  una  carga. 
Me  asusto  de  mi  sombra,  me  avergüenzo 
de  entrar  en  esta  casa. 
De  niño  estuvo  en  ella  mi  alegría, 
con  Anselmo  pasé  mi  dulce  infancia. 
Hoy,  adulto,  penetro  con  sonrojo, 
indeciso  el  andar,  la  frente  baja... 
El  peso  de  mi  crimen  me  subyuga, 
de  mi  conciencia  el  grito  me  anonada... 
(Casi  gritando.)  No  puede  ser,  y  no  será  lo  juro, 
mientras   noble  mi   alma 

luche  con  energía  (Con  violencia.),  con  firmeza 
para  vencer  una  pasión  bastarda... 
¡Ay,  Anselmo,  cuan  torpe  que  anduviste!... 

(Horrorizado. ) 

Pero,  ¿qué  veo?  El  balcón  escala 
un  embozado  cautelosamente, 
y  al  despuntar  el  alba 

46 


aquí  penetra  cual  ladrón  cobarde 
que  oculta  el  robo  al  esconder  ia  cara. 

(Se  refiere  a  un  embozado  que 
que  sube  por  el  balcón,  entra  en 
la  estancia  y  se  dirige  a  segunda 
izquierda),  que  es  el  cuarto  de  Leo- 
nela.    Abre   la  puerta  y    entra.) 

Arremeterle  quiero,  y  el  espanto, 

quitándome  la  acción,  los  pies  me  clava 

igual  que  si  un  grillete 

a  perpetua  quietud  los  destinara. 

¿Será  un  ladrón  de  honras?  ¿Será  acaso...? 

¡  Oh,  qué  horrible  sospecha  que  me  asalta  ! 

¡Qué  fuego  con  la  duda  maldecida 

mi  corazón  abrasa  ! 

Cierto  será...   Camila,   sí,   Camila, 

impúdica  el  honor  de  Anselmo  ultraja... 

¡Siento  celos!...  Y  no  debo  sentirlos 

pues  a  mi  nombre  su  traición  no  alcanza 

no  siendo  esposa  mía...  Lo  es  de  Anselmo, 

(Transición  violenta.) 

y  a  un  deber  sacratísimo  faltara 

si  ocultase  a  mi  amigo  su  desdicha... 

(Como  resuelto.) 

Cumplo  mi  obligación  al  delatarla 

como  mujer  infiel  a  sus  deberes, 

y  satisfago  a  un  tiempo  mi  venganza. 

(Acercándose  a  la  primera  de- 
recha y  hablando   bajito.) 

Anselmo,   Anselmo  amigo,  ven  callado, 
mi  noble  afecto  y  mi  lealtad  te  llaman... 
ANSELMO.   (Por  la  primera  izquierda. ) 

¿Qué  sucede,  Lotario,  qué  señales 

de  angustia  y  de  dolor  veo  en  tu  cara? 

47 


¿Qué  agitación  es  esa?...  No  me  hieras 

a  prolongadas  pausas. .. 

El  certero  puñal  hunde  en  mi  pecho, 

que  la  muerte  de  un  golpe  es  más  cristiana. 

¿Tal  vez  rindióse  ya  Camila  hermosa? 

¿Quizás1  el  deshonor  mi  frente  empaña? 
LOTARIO.     Oye,  o  mejor  dijera,  escucha  atento, 

si  es  que  pueden  salir  de  mi  garganta 

los  ayes  de  dolor  que  a  mis  suspiros 

tristemente  acompañan. 

Camila... 
ANSELMO.   Sigue,  que  el  afán  me  ahoga 

por  saber  mi  fortuna  o  mi  desgracia. 
LOTARIO.    Aún  no  te  ha  sido  infiel,  mas  considero 

que  tiembla  la  muralla, 

y  del  triunfo  el  temor  me  sobrecoge. 

Su  honor  vacila,  y  mi  conciencia  honrada 

me  obliga  a  retirarme  "abandonando 

el  campo  de  batalla. 

En  la  primera  vez  me  oyó  impasible, 

ya  en  la  segunda  me  escuchó  asombrada. 

Mas  tanto  fuego  puse  al  referirla 

el  amor  que  en  mi  pecho  la  guardaba, 

que  una  leve  sonrisa 

me  declaró  su  vacilante  alma... 

Lo  sabrá,  prorrumpía  temblorosa... 

No  lo  sabrá,  decía  yo  a  sus  plantas... 

Lo  sabrá,  lo  sabrá,  que  no  hay  pecado 

que  el  tiempo  no  descubra,  o  la  venganza. 

y  repitiendo  lo  sabrá,  llorosa, 

rápidamente  abandonó  la  estancia. 

Fíjate,  Anselmo,  el  eco  aun  lo  repite... 

«Lo  sabrá,  lo  sabrá»...  Son  sus  palabras. 
ANSELMO.   ¿Y  si  fuera  un  erro;  ? 
LOTARIO.     Feliz  sería... 
ANSELMO.  ¿Y  si  Camila,  previsora  y  cauta, 

por  probar  tu  lealtad  para  conmigo 


o  para  defender  su  honra  ultrajada, 

mientras  que  yo  volvía, 

fingiese  responder  a  tus  audacias? 

GOTARIO.     Adiós1,  Anselmo,   deja  que  me  ausente 
a  llorar  en  silencio  mi  desgracia. 

■\NSELMO.  Empresas  que  al  comienzo  se  abandonan 
miedo  infantil  declaran... 
¿Eres  hombre?...  Pues  lucha  con  denuedo 
¿No  lo  eres?...  Pues  huye  sin  tardanza, 
porque  los  seres  débiles  m>  sirven 
ni  a  Dios,  ni  al  Rey,  ni  a  su  nativa  patria. 
Otro  amigo  hallaré  que  no  se  niegue 
a  lo  que  de  tu  afecto  yo  esperaba. 

LOTAPJO.     ¡  Impertinente  estás  ! 

ANSELMO.  ¡Y  tú,  cobarde  !... 


(Movimiento    impulsivo    de    Lo- 
tario,    contenido   por  Anselmo.) 


Calmemos  el  ardor  de  las  palabras 

y  a  la  razón  llamemos' 

que  de  nosotros  vemos  apartada. 

Un  plazo  breve  a  la  cuestión  pongamos. 

LOTARIO.     Tu  ciego  afán  mi  corazón  traspasa... 

ANSELMO.   Hállase  el  día  en  sus  primeras  luces; 
si  al  sonar  esta  tarde  la  campana 
que  invita  a  la  oración,  no  has  conseguido 
la  derrota  o  el  triunfo,  terminada 
juzguemos  la  cuestión,  y  todo  quede 
a  lo  que  Dios  de  mi  destino  haga. 

LOTARIO.    (Contrariado/,  pero  con  resolución. )   ¡Sea! 

ANSELMO.    (Extendiendo  los  brazos  como  para  abrazarle.) 
¡  Este  abrazo  el  compromiso  firme  ! 

LOTARIO.  Los  brazos,  torpe  amigo,  al  punto  baja 
que  extendidos  la  Cruz  de  Cristo  forman 
y  no  es  Cristo  el  que  aquí  nos  da  su  gracia. 

ANSELMO.  Dame  la  mano,    entonces. 

4  49 


LOTARIO.  Imposible, 

.  que  antes  de  cometer  acción  villana 
no  es  noble  unir  la  mano  del  perjuro 
a  la  del  triste  ser  a  quien  se  engaña... 

ANSELMO.  ¡Al  toque  de  oración  todo  concluye  ! 

LOTARIO.  (Triste.)  ¡Al  toque  de  oración  todo  se  acaba  ! 
¡  Quiera  Dios  que  las  honras  que  aquí  juegan 
puras,  como  la  luz  del  Cielo  salgan  ! 

(Vase  Anselmo  por  segunda  de- 
recha. Aparece  Camila  por  la  pri- 
mera izquierda.  Nótase  en  ella 
gran  agitación.) 

CAMILA.      Buenos  días,  Lotario. 
LOTARIO.    (Con  indiferencia.)    Buenos  días. 
CAMILA.       Supe  que  aquí  te  hallabas  y  al  instante 

quise  venir. 
LOTARIO.  Lo  estimo...  ¿Qué  acontece? 

(Sin  alterarse. ) 

CAMILA.       Mucho,   pues  deseaba  relatarte 

lo  que  aflige  mi  alma,  no  encontrando 
manera  de  aliviar  pena  tan  grande. 

LOTARIO.     Relatarte,  a  mi  vez,  quiero  yo  algo 
que  también,  considero  irremediable. 

CAMILA.       Noto  triste  ironía  en  tus  palabras 

y  huellas  de  dolor  en  tu  semblante... 

Sácame  de  esta  angustia...  ¿Acaso,  Anselmo...? 

¡  Habla,  por  compasión  ! 

LOTARIO.  Habla  tú  antes. 

No  es  bien  que  el  caballero 
falte  a  la  cortesía  en  ningún  trance. 

CAMILA.       Sabrás,  Lotario  mío,  que  esta  casa 
que  de  la  honestidad  fué  baluarte, 
donde  la  paz  edificaba  un  trono 
precursor  de  ventura^  inefables, 


5o 


hoy  parece  del  cielo  maldecida. 

Burlada  la  amistad,  de  un  modo  infame, 

cegando  la  pasión  la  inteligencia  ; 

con  orgullo  -el  pecado  paseándose, 

como  traidor  que  sabe  que  ha  vencido 

por  medios  que  jamás  fueron  legales... 
LOTARIO.     Todo  cercado  por  espesas  nubes 

que  nos  arrollarán  en  luto  y  sangre. 
CAMILA.       La  muerte,  con  irónica  sonrisa, 

poco  a  poco  acercándose. 
LOTARIO.     Como  diciendo  :   Presto  seréis  míos, 

que  vengo  a  castigar  vuestras  maldades. 
CAMILA.       Esto  se  siente  y  esto  se  respira, 

si  es  respirar  verter  el  llanto  a  mares. 
LOTARIO.     ¡  Sólo  de  Anselmo,  la  figura  noble 

de  este  cuadro  infernal  flota  en  el  aire  ! 
CAMILA.       El  arrepentimiento,  ya  tardío, 

la  traición  cometida  no  deshace. 
LOTARIO.     Dices  bien,    ¡  oh,  Camila  infortunada  ! 
CAMILA.       Y   mucho  más  si   añade§ 

un  crimen  a  otro  crimen. 
LOTARIO.     ¡  No  comprendo  ! 
CAMILA.  Oye,   Lotario,  para  que  tf*  espantes. 

(Con  misterio.) 

De  Leonela,  criada  siempre  humilde, 
hoy  la  virtud  manchó  traidor  amante. 

LOTARIO.     ¿Qué  dices? 

CAMILA.  Que  un  galán  entra  en  su  cuarto, 

al  que  imprudente  le  entregó  la  llave, 
¿Comprendes   mi    amargura?...    Quien   lo   vea, 
¿no  podrá,  malicioso,   imaginarse 
que  es  por  el  ama  y  no  por  la  criada, 
quien  de  mi  casa  &n<  esas  horas  sale? 

LOTARIO.  (Tapándose  la  cafa  con  las  manos  como  horro- 
rizado. ) 
l  Jesús  !  ' 

Sí 


CAMILA.  ¿Horror  te  causa?...  A  mi  lo  mismo. 

Castigar  yo  quisiera  esos  desmanes1 
mas  no  tengo  valor,  porque  si  el  ama 
de  virtud  no  da  ejemplo,  será  en  balde 
exigir  honradez  en  la  doncella, 
que  puede  responder  :  «Tú  me  enseñaste». 

LOTARIO.  (Arrojándose  a  los  pies  de  Camila.) 

Perdón,  Camila,  besaré  tus  plantas... 
Ün  necio  fui...  Mejor  diré,  ¡un  infame! 
A  ese  hombre  yo  he  visto,  y  sospechando... 

CAMILA.       (Ya  nerviosa   y  agitada.) 

No  sigas,  que  ya  sé  lo  que  pensaste 

y  me  hiela  el  dolor...  Tú  has  sospechado 

que  ese  hombre  también...   ¡Lengua,  no  haWf.s 

que  ultrajará  mis  labios  la  palabra 

si  a  la  vergüenza  sale  ! 

¿Muerte  le  diste? 

LOTARIO.  No.  Muerte  inhumana 

di  a  otro  ser,  que  de  nada  fué  culpable. 
Loco  y  enfurecido  por  los  celos, 
dije  a  tu  esposo  que  si  no  faltaste 
todavía  al  honor  de  su  apellido 
cercana  estabas  ya  de  mancillarle, 
porque  notaba  en  ti  dulce  contento 
al   escuchar  mis  amorosas  frases. 
Como  infiel  te  creí,  soez  venganza 
pidió  mi  corazón  manando  sangre. 

CAMILA  (Tristemente. ) 

¡  No  en  Florencia  ha  nacido,  mal  Lotario, 
quien  se  porta  de  modo  tan  cobarde  I 
Del  caballero  el  proceder  ignoras... 
j  En  la  perversidad  sólo  eres1  grande  ! 

(Va    a   interrumpirle    Lotario    v 
Camila  no  le  deja. ) 

Sella  eJ  labio  que  fué  el  puñal  agudo 
que  en  mi  pecho  clavaste, 

52 


y  déjalo  a  mi  astucia, 

que  ya   encontré  manera  de   salvarme... 

Auséntate  de  aquí  ;   mas  vuelve  luego 

al  caer  de  la  tarde, 

y  no  subas  en  tanto  que  Leonela 

no  te  lleve  un  aviso  de  mi  parte.  • 

Aquí  una  vez,  de  cuanto  yo  te  diga 

capítulo  no  formes,  ni  te  alarmes. 

LOTARIO.     '(Con   triste   humildad   y   dirigiéndose   al   joro.) 
;  Aunque  me  voy,  me  quedo,   dueño  mío  ! 

CAMILA.        (Ya  más  humana   y  casi  amorosa.) 

¡  Aunque  me  quedo,  voy  tras  de  tu  imagen  ! 

{Vase  Lotario  por  segunda  de- 
recha. Camila  acercándose  a  la 
segunda  izquierda. ) 

i  Leonela,   ven   corriendo,   por  Dios   santo  ! 
LEONELA.   Ya  estoy  aquí,   señora,    ¿qué   sucede? 
CAMILA.       No  me  preguntes  nada 

y  en  silencio  y  sumisa  me  obedece. 

Busca  a  mi  esposo  ;  fíngete  afligida, 

en  triste  llanto  tu  dolor  envuelve, 

habíale  de  mi  honra  y  de  la  suya, 

dile  que  si  no  viene 

perecerá  mi  vida  bajo  el  yugo 

de  Lotario  imprudente  ; 

que  ya  s»g  manos  mi  garganta  hirieron  ; 

que  quiso   darme  vengativa  muerte 

al  ver  que  me  resisto  a  sus  amores 

en  los  que  insiste  con  afán  creciente. 

Dile  también  que  aquí  citado  tengo 

a  isu  amigo  traidor,  falso  y  aleve. 

A  la  vez  aconséjale 

que  sin  que  yo  me  entere, 

tras  eá  tapiz  que  oculta  ese  aposento 

mis  acciones  observe 

y  verá  por  sí  propio  la  fiereza 

53 


con  que  una  esposa  su  virtud  defiende. 

Y  tú,  cuando  mi  Anselmo  esté  escondido 
di  a  Lotario  que  al  punto  se  /presente. 

LEONELA.   Así  lo  haré.  Mas  ante  todo  sabe 

porque  el  caso,   señora,  lo  requiere, 

que  en  el  cuarto  en  que  duermo  se  halla  oculto 

el  mancebo  que   amor  de  mí   pretende... 

Y  el  que  loco  de  celos  porque  ha  visto 
entrar  aquí  a  Lotario  muchas'  veces 
por  aquese  balcón  subió,   arrojado, 

y  juró  no   salir  sin  darle  muerte. 
CAMILA.        (Horrorizada  y  sin  dejarla  seguir, 

¡Maldición   sobre  mí!...    Cumple   mi  encargo. 
Yo  haré  que  tu  tragedia  se  remedie. 

(Va  Leonela  c^rriend»  hacia  la 
puerta  y  se  detiene.  Desde  allí,  en 
voz  baja,  sostiene  el  siguiente 
diálogo   con  su  señora. ) 

LEONELA.   Los   sucesos,    señora,    se   adelantan. 

Tu  esposo,  precavido,  hasta  aquí  viene. 

Antes  de  entrar  observa  receloso ; 

ocultarse  pretende. 

Misterioso,   dirígese  a  la  puerta, 

por  la  que  entrada  los  criados  tienen... 

¿A  qué  es  este  cuidado?...   Ya  no  hay  duda; 

se  encamina  a  su  cuarto.   Eso  es  que  quiere 

desde  su  habitación  ver  si  Lotario 

vence  tu  fortaleza,  o  tú  le  vences... 

CAMILA,        Haz  señal  a  Lotario  de  que  suba. 


(Leonela  hace  una  seña  por  el 
balcón.  Camila  se  dirige  hacia 
donde  está  la  panoplia  y  coge  una 
daga,  ocultándola  desfués  entre 
sus  ropm.  Lepnéla  1¿(¡3$£  por  se- 
gunda  izquierda^    Lotario   aparece 


54 


per  segunda  derecha.  Viene  ca- 
bizbajo, abrumado  por  el  dolor, 
arrepentido. ) 

)TARIO.     (Humilde.)  ¿Qué  deseas  de  mí,  Camila  amada? 
A  tu  servicio  estoy  ;  habíame  pronto. 
Es  para  mí  tu  voz,   dulce  armonía 
que  embelesa  mi  ser  y  escucho  absorto. 
Mas  antes  quiero  preguntarte... 
CAMILA.       ¡(Conteniéndole.)   Cesa. 

Y  a  distancia  me  oye.   No  respondo 
de  mis  impulsos,   si  atrevido  y  torpe 
a  mí  te  acercas  imprudente  y  loco. 

(Va  a   hablar  Lotario   y   no   le 
deja. ) 

No  ane  preguntes  nada  y  sí  contesta 
a  lo  que  interrogarte  me  propongo.  . 
¿Cuándo  tus  atrevidas  pretensiones 
no  fueron  desechadas  por  mi  enojo? 
¿Cuándo  has  visto  admitidas  tus  promesas 
de  palacios  suntuosos, 
de  coches,  de  criados  y  de  joyas 
que  envidiara  el  más  rico  y  poderoso? 
¿Cuándo  a  tus  ruegos  concedí  esperanzas, 
aunque  fueron  envueltos1  en  sollozos 
que  tu  pasión  sentida  o  imitada 
expusiste  a  mis  plantas  amoroso? 
Responde,  mal  amigo  y  mal  cristiane... 
¿La  frente   inclinas?...    ¡Tus   aleves^  ojos 
a  mirar  no  se  atreven 
mi  altivo  y  noble  rostro, 
donde  la  honestidad  tiene  su  asiento, 
donde  toda  virtud  alza  su  trono  ! 
LOTARIO.     Perdona   si   en   momentos   de   extravío 
me  atreví  a  tu  belleza,  que  aún  adoro... 
'    Desde  hoy,  otro  seré... 

55 


CAMILA.       Ño,  no  te  culpo. 

Venga  el  castigo  a  mí,  pues  que  de  todo 

la  causa  he   sido,   porque   descuidada, 

o  candida  tal  vez,  pensando  sólo 

en  que   eras  fiel  amigo 

alenté  sin  quererlo  tu  propósito. 

Esta  daga  que  a  herirte  he  destinado 

con  el  fin  de  saciar  en  ti  mi  odio 

mudará  de  camino,  que  en  mi  pecho 

debe  tener  sepulcro  pavoroso. 

Yo  la  culpable  fui,  pague  yo  misma 

la  pena  de  mi  impúdico  abandono. 

{(Intenta  herirse.) 

LOTARIO.     (Forcejeando  con  ella.) 

¡  No   hagas   tal,    oh,    Camila  desgraciada  ! 
No  te  hieras,  que  es  crimen  ominoso 
el  quitarse  una  vida  que  Dios  santo 
te   infundió   como'  espléndido   tesoro. 

CAMILA.       {(Transición.)   La  razón  a  mi  mente 
vuelve  con  claridad,   y  pues  la  cobro 
por  la  piedad  de  Dios,  tuya  es  el  arma, 


LOTARIO. 


(La  tira  al  suelo.) 

recógela  del  suelo,  y  ed  decoro 

te  dirá  lo  que  debe  hacer  con  ella 

quien  fué  de  lia  traición  el  mayor  monstruo. 

\(Vase  rápidamente  y  se  encie- 
rra primera  izquierda,  oyéndose 
el  ruido  de  la  llave  al  echarla  por 
dentro.) 

(Cogiendo   la  daga.) 

En  mis  entrañas  hundiré  sus  filos. 

Muerte    sangrienta    por  traidor  mereace. 

5* 


'{Aparéete  Anselmo  por  la  segun- 
da derecha  y  al  ver  que  Lotario 
trata   de   herirse,    le   contiene.) 

ANSELMO.   Deten  tu  airado  impulso,  buen  Lotario. 

De  tu  amistad  estoy  ya  satisfecho. 

Ya  vi  la  honestidad  de  mi  Camila  ; 

ya  vi  de  tu  lealtad  el  raro  ejemplo. 
LOTARIO.     (Triste.)  Mas  no  ves  la  amargura  de  mi  alma, 

ni  ves  mi  corazón  pedazos  hecho. 
ANSELMO.   Tu  sacrificio  regaló  a  mi  vida 

el  dulce  'bienestar  que  tanto  anhelo. 

Tengo  mujer  honrada  y   fiel   amigo... 

¡  Qué  más  puedo  pedir  al  santo  cielo  ! 

(Se  dirige  a  la  primera  izquier- 
da apresuradamente.  Lota  r  i  o  , 
dando  rnutestnas  de  abatimiento, 
desaparéete  por  segunda  derecha 
sin  notarlo  Anselmo.) 

ANSELMO.   ¡  Corro  a  verla  y  a  darla  mil  abrazos  ! 

(Tratando  de  abrir  la  primera 
izquierda. ) 

¡  Camila,  mi  Camila,  amado  dueño  ! 

Esposa  mía,  abre...  Nada  temas 

que  tu  .marido  isoy,   tu   amante  Anselmo. 

(Tratando  otra  vez  de  forzar  la 
puerta. ) 

Fuerte  la  cerradura  se  resiste 

a  mi  tenaz  empeño... 

Entraré  por  el  cuarto  de  Leonela... 

(Se  dirige  a  la  segunda  iz- 
quierda y  la  abre. ) 

57  •    ■ 


¿Desmayado  se  habrá?...    ¡Pero,   qué  veo! 

Un  hombre  salta  apresuradamente 

por  la  estrecha  ventana  que  da  al  huerto. 

\(  Vase  agitado  adonde  está  la 
daga  y  después  de  recogerla  vuel- 
ve al  cuarto  de  Leonela.) 

¡  Presto  veré  si  alucinado  o  loco 
soñando  estoy  o  lo  que  miro  es  cierto  ! 

(Entra  en  el  cuarto  de  Leérte- 
la y  a  poco  sale  cogiendo  a  ésta 
violentamente  de  la  mano.) 

¡  Ven  acá,  miserable, 

impura,  deshonesta,  infiel  criada  ! 

¿Quién  es  el  desalmado 

que  mi  sagrado  hogar  así  profana? 

Responde  sin  tardar,  que  tu  existencia 

depende  de  tus  labios  si  me  engañáis. 

LEONELA.   Señor,  que  me  destrozas. 

Templa  tus  iras,  tus  furores  calma 
y  la  verdad  diré  ;  por  Dios  lo  juro. 

ANSELMO.  \( Soltándola  bruscamente.) 

Mas,  ¿por  qué  te  pregunto,  si  soy  hombre 
y  en  ese  hombre  debo  hallar  venganza? 

{(Corre  hacia  primera  dere- 
cha.) 

¡  Muerte  cruenta  le  dará  mi  enojo  ! 
LEONELA.    (Deteniéndole  suplicante.) 

Detente,   mi  señor,  y  tal  no  hagas, 
que  si  ofendió  mi  honra,  no  a  la  tuya 
sus  acciones  alcanzan. 
Si  su  vida  respetas,  yo  te  ofrezco 
contarte  cosas  que  tu  nombre  infaman, 


Sufra  el  castigo  quien  de  amores  ciega 
olvidó  los  deberes  de  casada. 

ANSELMO.  (Absorto.) 

¿Qué  me  quieres  decir?...  No  el  labio  selies, 

que  acongojas  mi  alma... 

Habíame  de  seguido  y  no  suspendas 

con  tu  fingido  llanto  las  palabras. 

LEüNELA.   Señor,    Camila,  con   tu  falso   amigo... 

ANSELMO.   ¡Mientes,  infame!... 

LEONELA.    ¡Por  ia    Virgen  santa  ! 

¡  La  maldición  del  cielo,  si  te  engaño, 
con  todo  su  rigor  sobre  mí  caiga  ! 

ANSELMO.   ¡Alientes,  mientes!...   ¿Acaso  yo  no  he  visto 
la  resistencia  de  Camila  airada? 
¿De  su  noble  altivez  no  íui  testigo? 

LEONELA.   Mira,  señor,  que  todo  ha  sido  farsa 
entre  los  dos  urdida,  no  ignorando 
que  oculto  en  tu  aposento  te  encontrabas... 
Corre  a  evitar  que  tu  inteiiz  esposa 
huya  de  esta  mansión  ya  profanada. 
Esos  los  planes  son  de  ambos  amantes 
que  quieren  esconderse  a  tus  miradas, 
porque  su  horrendo  crimen 
les  llena  de  vergüenza  y  los  espanta. 

ANSELMO.   (Desapareciendo    enloquecido    por    primera    iz- 
quierda. ) 
¡  Cielos  divinos,   tu  piedad  imploro  ! 

¡(Gritando.) 

iCamila,  mi  Camila,  esposa  amada  ! 

[(Leonela  ha  desaparecido.  La 
escena  queda  sola  por  breves  mo- 
mentos, al  cabo  de  los  cuales  sale 
Anselmo  despavorido,  dando  tras- 
piés; se  acerca  a  la  mesa  y,  con- 
vulsivo,   essribe    lo    que    sigue.) 

59 


Un  necio  e  impertinente  deseo  me  quitó  la 
vida.  Si  las  nuevas  de  ani  muerte  llegan  a  oídos 
de  Camila,  sepa  que  yo  la  perdono,  porque  no 
estaba  elia  obligada  «i  hacer  milagros,  ni  yo 
tenía  necesidad  de  querer  que  los  hiciese.  Y 
pues  yo  fui  el  fabricante  de  mi  deshonra,  cai- 
ga sobre  mí  toda  da  culpa,  porque  al  fin  y  al 
cabo 

«Es  de  vidrio  la  mujer, 
pero  no  se  ha  de  probar 
si  ise  puede  o  no  quebrar 
porque   todo  podría  ser...» 

(Cae  muerto  sobre  el  papel,  y 
mientras  baja  lentamente  el  telón 
se  oye  el  toque  de  la  campana  y 
empieza    a    anochecer. ) 


y  REPRESENTANTES 


Españoles  y  extranjeros 

Isa  obra  "A  B  C  de  la  importación  Aduanera 
m  jSspañ-:*"  por  Eduardo  Bartrina  y  Chaulet,  es 
indispensable  para  sus  negocios. 

Un  tomo  de  500  páginas  editado  en  español 
r  francés,  diez  pesetas. 


EDITORIAL  SIGLO  XX 

Apartado    8.036 
MADRID 

y  principales  librerías  de  España, 


Pfflí.''3*¡"9!l*!'W,!!UP!,Sün!B1'ff!n!"5'r"  ?""l;'"i|5!4:!5!!!!!S!!!!!5!!!!!5¡!M!;!!n!5nin!W!!S!,!!!"(lH!!!!!!!?l!!!'¥!,J!'K'(,'l5iJ!í 

«S!llilÍaLij«ÍÍi¡iílli¡i¡h:ii¡iHil  fli  i     !  lií¡l!il?¡Í!l:*'!iiiálli!iaillllÍ>rHIS:llilñ.l>;  f"li¡il*,i;il¿i¡!ll£  :'":  «ilil.all  lii»  ÚÜÍF.^1 


ÍI 


m 


Se  lia  puesto  a  la  venta  la  aümírable  novela 

STROS   EN   LA   NIEBLA 


gis 


DE 


8! 


JOSÉ   FRANGES 

(De  la  Real  Academia  de  Sellas  Artes  de  San  Fernando) 


He  aquí  un  libro  llamado  á  tener  el  gran 
éxito  que  merecen  su  amenidad,  su  inte- 
rés y  su  emoción  enorme. 


6P 


m 


Lia 


es  una  de  las  ivsas  bailas  novelas  del  sutor 
de  tantas  obras  admirables. 


i 


Precio:  CINCO  pesetas. 


LOS    PEDIDOS    A 

tL   SIGLO  XX  (S.  ene.) 


Rodríguez  San  Pedro,  26.— Apartado  8.036 


M»ni»5inn»mii»Mii¡»imi»iiiii»iiiii»imi»iM»pmiinniniiiinmnni»|iKiBMniwmtBWjíaiÍ 


EDITORIAL  SIGLO  XX 


©  I  © 


Rodríguez  San  Pedro,  26 

Apartado  8.036. 

MADRID 


©  © 

OBRAS  PUBLICADAS 


Pedro  Mata:  Una  ligereza 5,00 

Eduardo  Zamacois :  Los  dos 2,50 

Alberto  ínsita :  Mi  tía  Manolita 5,00 

Antonio  de  Hoyos  y  Vinent:  £1  sorti- 
legio de  la  carne  joven 5,00 

Paul  Morand:  La  Europa  galante 5,00 

Alberto    Insúa:  Una  historia  francamente 

inmoral 2,50 

Antonio  de  Hoyos  y  Vinent:  Los  ladro- 
nes y  el  amor 2,50 

Emilio  Carrero:  El  más  espantoso  amor. .  2,50 

José  Francés:  Su  Majestad 2,50 

Alvaro  Re  tana:  El  paraíso  del  diablo. ...  5,00 
Pedro  Muñoz  Seca  y  Pedro  Pérez  Fer- 
nández: Los  extremeños  se  tocan 5,00 

Honorio  Maura:  Julieta  compra  un  hijo.. .  ^j,oo 

José  Francés:  Rostros  en  la  niebla 5,00 


Pedidos  directamente  a  la 

EDITORIAL    SIGLO    XX 

Grandes  descuentos  a  corresponsales  y  libreros 


EDITORIAL 

SIGLO  XX